Resulta que los motoristas muertos en puntos quilométricos irrelevantes de la autopista tienen nombre. El que se ha dejado la vida esta mañana a la altura de Cervelló se llamaba Juan Carlos y durante años fue mi profesor. Iba de camino a dar clase, como tantas mañanas me la dio a mí, y su muerte dejará huérfanos de un referente no sólo a sus alumnos de hoy, sino a futuras generaciones de adolescentes desorientados.
Escribo esta carta a Juan Carlos demasiado pronto, porque yo tenía pensado hacerlo dentro de unos años. Él fue el responsable, y ha muerto sin saberlo, de mi amor por la literatura y, supongo, de que en última instancia me dedique a escribir. Quería yo decírselo en una carta el día en que me pasara algo realmente importante dentro de esta profesión; al firmar un buen contrato, al recibir un premio, al presentar un libro o qué sé yo. Sólo pretendía hacer un guiño adaptado a mis circunstancias a Albert Camus, quien, tras recoger el Nobel, mandó una misiva al profesor que le hizo enamorarse de los libros.
De Juan Carlos aprendí que el oficio de escribir y el de leer exigen esfuerzo. Me lo hizo entender de muchas maneras, aunque yo lo asimilé sobre todo gracias a las redacciones que nos mandaba hacer. Recuerdo la impotencia de acumular textos y textos puntuados a la baja. Ese sentimiento me llevaba a maldecirle primero y a esforzarme después en cada redacción como si fuera la última, con la esperanza de llegar a ver algún día un excelente escrito en tinta roja.
Una mañana de entrega tenía yo dos dedos rotos de la mano diestra y, al no poder escribir a mano, llevé mi redacción imprimida, algo prohibido en sus asignaturas. La rompió en cuanto se la di. Antes de que pudiera justificarme enseñándole el estropicio de mi mano, me preguntó, sin levantar la vista de su cuaderno de notas, si alguien me había dado permiso para entregarle ese impreso. No me dejó responder: me cortó explicando su reacción. El problema, dadas las circunstancias, no era el soporte, sino la poca adecuación del texto al espacio. Tenía las 300 palabras en medio folio. Repártame esos párrafos por toda la cara y entréguemela de nuevo mañana, me concedió.
Así lo hice. Esa redacción fue mi primer y, creo, mi último diez con Juan Carlos. Tuve que reescribirla de memoria por la noche, porque ni siquiera tenía el documento guardado en el ordenador. El detalle de adecuar el texto al espacio, que pudiera parecer entonces una nimiedad, ha sido algo importantísimo a la postre en mi vida, ya que me tengo que adaptar continuamente a las maquetas de los medios donde estoy. Como esta anécdota hubo muchas y ninguna menos útil.
También me invitó Juan Carlos a la lectura, gracias a una de sus virtudes: su profundidad, la existencia en él de un elaborado mundo interior, trascendía al exterior sin que tuviera que esforzarse. Yo quería ser como él y sólo veía un atajo para conseguirlo: leer lo mismo. Por eso descubrí a Lorca tan joven, porque cuando Juan Carlos nos lo recitaba se le iluminaban los ojos, como si descubriera un nuevo horizonte delante de nosotros.
Quería decirle todo esto a Juan Carlos cuando le llegara su tiempo amarillo, como una vez llamó Machado a la vejez y como Fernán Gómez -el profesor de todos en 'La lengua de las mariposas'- tituló sus memorias. He llegado tarde. Al menos me queda el consuelo de saber que Juan Carlos sí llegó a muchos niños en el momento oportuno: cuando tenían que hacerse adultos.
miércoles, 5 de diciembre de 2018
lunes, 10 de septiembre de 2018
Rutinas sustituidas
Ver a mi alrededor a estudiantes haciendo las maletas para
irse de Erasmus me retrotrae un año en el tiempo. Se me hace inevitable
recordar esos días previos a coger el avión, cargado de ganas pero sobre todo
de miedo.
La última semana antes de marchare la viví con un cosquilleo
fastidioso. Sentía auténtico pavor al tener que cambiar una realidad cómoda por
una totalmente desconocida. Para muestra, un párrafo que escribí a un día de
partir: “Hoy paseaba por la calle Laureà Miró y solo podía pensar en lo conocido
que era todo para mí. He pisado muchas veces las baldosas que hoy pisaba. Podía
saber por el sol lo cerca que está la muerte del verano. Los rótulos de los
comercios se me pegaban al cogote cuando los dejaba atrás, como si de algún
modo formaran ya parte de mí. Un escalofrío me ha recorrido de arriba abajo
justo antes de poner pie en otra calle. Qué contraste iba a vivir en 24 horas:
hoy paseaba por mi ciudad como por el pasillo de casa a la misma hora en la que
mañana buscaré unas sábanas en un supermercado que todavía no sé que existe”.
| Room 3, Flat 7: lo más parecido que he tenido nunca a una casa propia. |
Si hace un año hubiera sabido lo que sé hoy, ese hubiera
sido el menor de mis problemas. El supermercado existía. Al Miquel que estaba
haciendo la maleta le hubiera dicho lo que todavía nadie: que la verdadera
dificultad aparece al volver, al poner de nuevo un pie en tu barrio y sentir
que todo está como lo dejaste, excepto tú. Le hubiera explicado que la vida de
adulto que se había forjado en Birmingham aquí no le iba a servir para nada,
porque su habitación de niño y sus rutinas de adolescente le esperaban como una
espada de Damocles.
domingo, 5 de agosto de 2018
Cuaderno de campo: un encierro a caballo a finca abierta
Un sol de justicia bañaba ayer el amarillento campo ibérico, inundado en este tiempo de rastrojo. Era sábado de encierro en el lado portugués de la frontera. Hacia la finca de inicio del encierro andaban camionetas de maletero abierto cargadas hasta los topes: las carrinhas, como así las llaman, transportan desde el pueblo hasta el lugar de suelta de las reses a cuantos encuentran en el camino. Entre la hilera de coches se abrían paso grupos de jinetes con la garrocha al hombro y la felicidad desbordando sus rostros.
Aunque los toros todavía estaban enchiquerados, en las carrinhas empezó el encierro. Esos maleteros son lugar de tertulia durante los 20 ó 30 minutos de trayecto. Allí arriba, haciendo equilibrio entre baches, siempre se encuentra algún conocido y alguien por conocer. Se habla de todo con ellos: del desayuno, de anécdotas, de toros, de caballos y de cotidianidades. Ayer, Fabián, con una gorra de una casa de piensos, nos allanó el camino rememorando los tiempos de mi padre en el pueblo antes de emigrar.
Al llegar a la finca sentí de lleno el aura adictiva del campo. Hectáreas y hectáreas en las que parece imposible que algo pase; el sol vomitando su fuerza sobre los tallos secos del trigo segado y nunca nada más. Sin embargo, no se puede dejar de sentir ni un solo instante que esa paz, irremediablemente, va a saltar por los aires de un momento a otro. Algún caballo tiene que rebrincarse, algún toro se va a escapar antes de la hora. Mientras todos cavilábamos eso, comíamos embutido en cuadrilla y hablábamos de otras cosas, pretendiendo que podíamos pensar en algo que no fuera un toro al galope corriendo fiero detrás de cualquier caballo.
Los toros salieron por fin en cuanto dieron las once portuguesas. No vimos más que dos carreras: los cinco animales escaparon del ingenio de los jinetes y hubo que ir a buscarlos a distintos pueblos. A unos los cogieron en Portugal y a otros en España. Pero eso lo supimos a las dos de la tarde, cuando ya cansados de tragar sol en la finca perdimos definitivamente la esperanza de ver ningún otro derrote de los cárdenos esfumados y bajamos de nuevo al pueblo. Vimos dos minutos de toros, pero los sentimos durante cinco horas de campo y caballos.
domingo, 8 de julio de 2018
Dos minutos al año
Al teléfono fijo de mi casa podríamos ponerle un brazo
robótico que lo pasara siempre a mi madre. Ya no llaman a nadie más por él,
excepto en los días de cumpleaños. En esas fechas una legión de familiares
lejanos se turna para incomodar a quien sople las velas, por mucho que al
personaje en cuestión les una un inexistente vínculo. El martes fue ese día
para mí, y debo confesar que a una de esas llamadas sí me apetecía contestar.
Hay un primo de mi madre —la mujer tiene cerca de
cincuenta—, ya mayor, al que no he visto más que un par de ratos en mi vida:
una tarde en una boda y una mañana en un entierro. Pero Antonio, que así se
llama el hombre en cuestión, me felicita cada cumpleaños y me tiene al teléfono
alrededor de dos minutos. Sus breves llamadas están siempre cargadas de una
moraleja no invasiva, alejada de paternalismos, con un tono nunca incómodo. Su
mensaje solo pretende darme pistas de por dónde puede venir la vida.
Este martes hablamos sobre la altísima probabilidad de que
el que estoy viviendo sea mi último verano como estudiante. De lo que me
preocupa eso y lo que temo perder por ello. Antonio no negó la pérdida de
calidad de vida, sino que para aliviarla resumió la existencia de cualquier
adulto estándar en un país primermundista estándar. Tienes que buscar cosas que
te gusten, que te hagan feliz, e ir tirando. Es lo que queda a estas alturas.
El teléfono contaba un minuto y cincuenta y nueve segundos
cuando pulsé el botón rojo, pero la conversación ya va por cuatro días de
duración en mi cabeza. Como escribí una vez, bastante más lejos de este fin del
estío vital, hacerse adulto es ver la felicidad desde la ventana de lo
ocasional. Y yo, como todos, no estoy listo para dar ese paso aunque, y esto es
algo mucho peor, estoy dispuesto.
Con asiduidad acarician ya mis sienes las sombras de los
temores intrínsecos a las nóminas, a los alquileres, a tener queso en lonchas
duro en la nevera y a recoger calcetines húmedos del suelo de algún patio de
luces. En fin, el inconsciente ya anticipa el yo contra el mundo. Hablar con el
gestor, sentarte en mesas en las que no quieres estar, sentir que el cuerpo
empieza a tener límites. Es descorazonador intuirse destapado ante las molduras
de la vida adulta. No sé nada de lo que está ahí fuera y lo de ahí fuera no
sabe nada de mí, con una diferencia: a lo de ahí fuera no le importa una mierda
quién sea yo.
Me espesa la sangre pensar en ese ahí fuera como en un ente con tendencias arbitrarias, porque eso
hace que el bienestar se intuya como una barra de hierro ardiendo. Tratar de
agarrarlo implica no tenerlo, me figuro. Supongo que vivir, llegados a este
punto, consiste en aparentar seguridades constantemente, en empoderarse frente
a las circunstancias una y otra vez. Me preocupa no ser capaz de hacerlo.
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