lunes, 26 de octubre de 2020

Un año

Lo primero que dije al llegar a la universidad, hace ya más de un lustro, fue que no quería hacer periodismo político. Todo el mundo me miró. Eran las jornadas de toma de contacto de los nuevos alumnos de periodismo. Allí todo dios quería ir a guerras, documentar elecciones históricas o entrevistar a Messi. Yo no. Yo me conformaba con vivir tranquilo, escribir mirando de vez en cuando a la ventana y comer con mi familia los domingos.

Que yo sepa, de todos los hipotéticos reporteros de conflictos bélicos y demás estereotipos que se declararon por allí, ninguno ha cumplido nada. No seremos más de cuatro o cinco los que, poco más de un año después de graduarnos, trabajamos en lo que se puede llamar periodismo. Con su redacción, su precariedad y esas cosas, me refiero.

Pero en el fondo, me estoy dando cuenta, aquellos chavales tenían mucha más razón que yo. El reporterismo no es un modo de vida tranquilo. Hoy lo puedo decir con cierto conocimiento o al menos con más que aquella tarde que me sentaron con otros 35 púberes a explicar mis sueños. La semana pasada, el jueves, hizo un año que vine a México a trabajar para la Agencia EFE.

Digo que conocían mejor que yo donde se metían porque no he estado en guerras, pero en efecto he visto balas. Una tranquila mañana de viernes me levanté como si tal cosa hasta que miré el teléfono: habían freído a tiros a una autoridad en plena zona acomodada de la capital. Os juro que el coche quedó como yo no he visto otra cosa.

De documentar elecciones tampoco sé nada hasta el momento. No me ha tocado nunca. Pero de política ya he cubierto más que muchos con varias décadas de carrera. Cada mañana de lunes a viernes, que si lo piensas son muchas mañanas, veo y escucho a Andrés Manuel López Obrador. A ese nombre responde el presidente de México, un soberano pesado con ínfulas de salvador.

Tampoco podría decir que he entrevistado a Messi, aunque lejos no he estado. Muchas notas de las ruedas de prensa de cuando Valverde entrenaba al Barcelona y de las zonas mixtas de aquel tiempo están adornadas, o manchadas, según se mire, por mis iniciales. Tambíen declaraciones de Messi.

 Incluso escribí desde los vomitorios del Camp Nou en unas semifinales de Copa del Rey contra el Madrid. Y debo confesar que eso sí que no me importaría, aquello de cumplir el sueño de otros de mi clase de contar la final de la Champions.

Entretanto, pandemia mundial incluida, desde mi ventana se ve la torre Latinoamericana, insignia de Ciudad de México. Las vistas no son malas, os lo puedo asegurar. Hace un año que la atisbo y todavía no me cansa, pese a que me gustaría comer con la familia algún domingo.

sábado, 30 de mayo de 2020

El champú caro de Bibi

Que la duda es un estado vital ya lo sabía. Siempre hemos convivido como hemos podido ella y yo. Lo que ocurre es que, ahora, en vez de vivir con la duda, vivo en la duda. Para que luego digan que una preposición no tiene significado léxico.

Me ha venido a la cabeza todo eso viendo fotos de paisajes aleatorios de Castilla. Una finca con caballos pastando al atardecer, ruinas de casas centenarias que todavía aguantan carteles de avenidas, señoras sentadas en poyos de piedra y otras tantas estampas de ese tipo. Entre dedazo y dedazo a la pantalla, se me ha metido en el cuerpo una necesidad infinita de sentir la caricia del sol resistiéndose a esconderse una tarde de verano en la España vaciada.

Sé que estos son pensamientos de mierda, que hoy por hoy no valen nada, porque quedan dos meses para un agosto hipotético y otro mes, días arriba días abajo, para definir las líneas maestras de mi vida próxima. Pero en el fondo de todo, de esas fotos y de lo que pienso y de lo que no quiero pensar, se esconde el sentido de pertenencia.

Pienso mucho en esto últimamente: en la idoneidad o en la molestia del arraigo. Lo que me une a México es la gente con la que me quiero aquí. Hay vínculos fortísimos en estos meses, porque esta gente a la que no ponía cara en octubre ha tragado con mis andanzas y desventuras con la paciencia de un hermano y la comprensión de una madre. Pero al otro lado están un hermano y una madre.

Siempre, en medio de estas reflexiones que no llevan a ninguna parte, me acuerdo de anécdotas que me hacen reír y evitan que se marche el halo de serenidad que todavía me queda. Llevo una semana con el champú de Bibi, mi cuñada, en la cabeza. De manera figurada, digo. La de su champú es una historia de pertenencia, de identificación involuntaria con mi círculo más cercano.

La buena de Bibi me invitó, hará como cinco años, a su casa de los Pirineos a esquiar, un deporte que nunca había practicado antes de que ella me lo propusiera. Me dejó también llevar a tres amigos a esa excursión, y allí que fuimos. Éramos cuatro becerros del extrarradio cumpliendo nuestro sueño de ir juntos a la nieve, como decimos entre la mal llamada clase media.

Ninguno teníamos si quiera un abrigo adecuado y mucho menos esquís, pero nos daba igual. De hecho, nos lo pasábamos mejor por las tardes haciendo el animal con un trineo que por la mañana ensayando una cuña autodidacta en las pistas. Y, claro, con tanta actividad, esos cuatro días sudábamos y nos duchábamos mucho.

Al segundo o tercer día, Bibi, mientras preparábamos la cena, me preguntó que si estábamos usando su champú, que había notado que le faltaba. Era un champú de mujer, con un bote atractivo, rebosante de elegancia, que gritaba en voz baja lo caro que era ese jabón. Yo, por pudor, no lo había tocado, pero pude imaginar rápido que mis amigos no se habían resistido a aquella tentación.

Un poco más tarde aquella noche, les pregunté a todos en privado que quién había robado champú de mujer en vez de usar el H&S que también había en la ducha. Los tres se miraron, aguantando la sonrisa. Efectivamente: todos lo estaban usando. Estallamos los cuatro en una carcajada. Luego, cuando se lo contamos a la pobre Bibi, también se rio. Al fin y al cabo, nadie podía culparnos por anhelar cuidados caros mientras en nuestras casas nos duchábamos con el deliplus del Mercadona.

miércoles, 15 de abril de 2020

El cuarto mundial de Freire

Alguna vez leí -que me perdone el autor, porque no lo recuerdo- que la gente, cuando se ve acuciada por la muerte, quiere volver a hacer lo que ya hizo. Nada de vueltas al mundo, nada de revelaciones. Quiere disfrutar de lo que es con total seguridad disfrutable. Placeres que ya conoce. No creo que me mate el coronavirus, pero esta cuarentena, queriendo y sin querer, yo también estoy buscando la alegría en lo que ya me la dio.

Compré tres libros previendo el encierro y no los he tocado, sino que me estoy dedicando a releer trozos de los clásicos particulares que traje a México conmigo. Pero hasta en eso mentiría: mi actividad predilecta en estos días, más allá del trabajo, no es la lectura, sino que me ha dado por jugar con fervor adolescente al FIFA y, sobre todo, por ver repetidas etapas de ciclismo.

Qué cosa más tonta, lo del ciclismo. La lentitud aparente de ver una ruta de señores en bicicleta da la oportunidad de acordarse a la perfección de lo que uno hacía la primera vez que vio a esos señores por esa ruta. Se me activan ante el reproductor de Youtube todos los sensores de la infancia, que como dijo Cuartango es la patria del hombre, y siento lo mismo que aquellas tardes en las que se me pegaban las piernas al sofá.

He vuelto a ver estas semanas mucho Tour y muchas clásicas, principalmente las victorias de Contador y de Óscar Freire. No recordaba yo la calidad de Freire en la primavera, pero no podré olvidar nunca el cuarto mundial que no ganó ningún otoño.

Al caer cada mes de septiembre, mi padre se me acercaba exhultante al mediodía de un domingo y me hacía su anuncio anual: Miquel, ven aquí que hoy vemos a Freire ganar el cuarto mundial. A mi hermano y a mi madre les fastidiaba oírlo, porque ese día se quedaban unas cuantas horas sin televisión en el salón.

Lo cierto es que Freire se retiró con los tres mundiales que ya tenía cuando yo empecé a entender las carreras, y si le recuerdo con tanto cariño es precisamente porque no consiguió cerrar el póker ante mis ojos. De alguna manera, la ilusión porque lo hiciera era mayor a la alegría de que lo hubiera hecho. Esa expectativa se renovaba y crecía cada año, acarreando también un claro refuerzo de la relación paternofilial.

A su modo, en este periodo de confinamiento me siento como aquellos días en los que Óscar Freire se jugaba el campeonato del mundo. Mi motor es la hipótesis. No haré nada memorable en el encierro, no cocinaré un pastel ni escribiré un libro, pero me sirve con regocijarme en lo que podría hacer y no estoy haciendo. La sola expectativa me da vida.

domingo, 22 de marzo de 2020

Domingo de marzo

Me levanto y parece un domingo normal. Hay latas por todo el salón, hay vasos a medias y charcos pegajosos en el parqué. Entro a la cocina sin mucha esperanza pero encuentro un par de trozos de una pizza que no recordaba haber pedido. Me la como mirando a la nada en el sofá. Me apetece escuchar algo de guitarra. Lo hago. Me apetece salir a que me dé el sol en la cara. No lo hago. No puedo. Estamos todos acojonados otro día más, sacando la cabeza por la ventana con precaución por si la brisa que nos peina el bigote arrasa nuestro sistema inmune o el de alguien a quien miremos a menos de un metro. O el de los que están a 9.000 kilómetros.

jueves, 30 de enero de 2020

Herencias inconscientes

Este mediodía me he visto envuelto en una cotidianidad difícil de prever hace unos meses. Por cuestiones laborales que no vienen al caso, me he encontrado elucubrando junto a tres desconocidos, en el quincuagésimo piso del edificio de un banco, sobre la fuga en la víspera de un trío de presos. México.

En ese quincuagésimo piso del banco líder del país me han dado de comer como hacía tiempo que no comía. Un menú con su primero, su segundo y su postre de un cátering de primer nivel. Barra libre de bebidas y de café. Quizás no era El Bulli, pero convendremos que tal banquete, digno de boda, mejora la pizza de microondas de 60 pesos que cené ayer.

Todo esto pasaba mientras esperábamos, corbata al cuello, la presentación de unos datos macroeconómicos que no motivaban mucho el espíritu de ninguno de los comensales. Al menos, no  tanto como la fuga del contable de un narco y dos compinches. Sobra decir que, como en España y como supongo que en todos sitios, no se metía la cuchara en el plato hasta que el más viejo de la mesa rompiera, impúdico, las hostilidades.

Al final hemos comido y, para sorpresa de nadie, unos señores con trajes caros y mal cortados nos han abrumado con regocijo con unos datos inalcanzables. No sé qué pensará mi frutero callejero sobre el esfuerzo del banco para ampliar su estructura. Supongo que le da igual, porque al ir a por mi melón diario no me ha comentado nada al respecto.

El caso es que, al marcharme de la comida informativa, bajaba por ese ascensor de cincuenta pisos pensando en lo tarde que iba a salir y en la forma que le daría a esos números. Ensimismado como estaba, me he dado cuenta de milagro de que un moco se deslizaba con mucho peligro por mi tabique. Sin pensar, en una acción automática, he echado mano al bolsillo de atrás y he procedido con un pañuelo.

Mientras, diría que con elegancia, solucionaba el asunto, me ha venido una sonrisa a la cara. Ese pañuelo está siempre en ese bolsillo por pura herencia inconsciente de mi abuelo. Ya hago como él: cada vez que como fuera, guardo una servilleta por lo que pueda pasar. El otro día, alguien se rio de mí cuando lo hice. Quizás él, algún día, se tenga que comer los mocos. A mí hoy, en un ascensor de cristal donde veía toda la capital de América Latina, no me pasó gracias a mi abuelo, que imagino que al otro lado del mundo dormía tras ver un rato Telecinco.

lunes, 26 de agosto de 2019

Lógicas por debajo de la Cumbre

Ha pasado mucho más rápido el verano que los kilómetros. Vuelvo a casa en autobús, con el cerebro derretido y las piernas sin circulación. Llevo ya más de diez horas de viaje. Atrás dejo el que probablemente sea mi último verano salvaje en Alameda: cada vez me gusta más vivir de día y menos apostar todo a las noches de orquesta, aunque de torear no se quite uno nunca.

Dos enormes puertas verdes custodian los recuerdos de este agosto. Son las del corral de Elena y María, epicentro de buena parte de lo que ocurre en Alameda de Gardón, un pueblo minúsculo pegado a Portugal, al que, como si fuera una especie de Meca terrenal, acudimos los mismos cuando nos dan las vacaciones.

Ninguno de esos peregrinos esperamos de los veranos nada extraordinario. Simplemente nos juntamos en el bar y hablamos con quien haya, sin importar si es un pensionista o un becario como yo. Nos invitamos a rondas donde las cosas valen un euro mientras comentamos cotidianidades. Detrás de todo subyace una conciencia de pertenencia difícil de explicar, una transversalidad que lima toda diferencia durante un mes.

Dani, Tania, Joaquín y Desi son mis amigos. Me hacen gracia las bromas de César. Todos pasan de los treinta. Goyo y Joaquín, ya en los sesenta, se sienten bien conmigo y yo con ellos. Gene, al que pronto le caen setenta y seis palos, me lleva con él a todos los encierros. Lander cumple dieciocho esta semana y estoy ansioso por felicitarle.

Los hijos y los nietos del éxodo rural hemos sacado los dientes en lugares muy distintos de España y de Francia, pero durante los días de convivencia hacemos como que no lo notamos. El aire gallego se lleva los matices de nuestros acentos y no nos los devuelve hasta que no vemos el frontón por el retrovisor.

Al fin y al cabo, lo que procuramos es hacernos la convivencia fácil para mantener Alameda como lugar sagrado para cada uno, porque todos hemos vivido allí momentos memorables, algunos por bellos y otros por bizarros. La otra noche, por ejemplo, vi por primera vez volar un extintor a través de la luna rota de un taxi. De la calle al coche. El contexto da igual: por debajo de la Cumbre las lógicas cambian.

Solo así se explica oír a madrileños diciendo que "fa fresca", a salmantinos quejarse porque "se mancaron" y a catalanes arrastrando las jotas en vez de las eles. Ningún patriotismo se inflama en los bises de las orquestas.

Esa sensación de hermandad corta como un cuchillo la vacuidad que inunda nuestras rutinas. Así lo confirman las voces que se oyen de noche, cuando las estrellas, que allí todavía existen, asoman en una cortinilla que se lleva todos los juicios. Entonces, al borde del amanecer, la parada del autobús acoge más confidencias que pasajeros, si es que alguna vez alguien la ha usado para lo que fue concebida.

Este año, con todo cubierto con un manto de melancolía invisible pero espeso, con el vocablo México flotando por doquier, me duele todavía más irme de Alameda. Han sido veinticinco días intensos, hasta que las obligaciones al otro lado del muro me han obligado a bajar la persiana del pueblo. Mientras, como todos, trago saliva y me miento diciéndome que en nada estaré de vuelta.

En mi caso es mentira. No sé cuándo podré volver a poner un pie en ese filo de España. Solo me quedan dos consuelos: saber que Álvaro ha vuelto para quedarse y que tengo a un puñado de amigos a un mensaje de distancia. Ah, bueno, y que por mucho o poco tiempo que pase, alguien se alegrará de verme apoyar de nuevo el codo en la barra de ese bar. El de Domingo.

sábado, 4 de mayo de 2019

La primavera



Cuando enfilas despreocupado una calle cuyas baldosas has pisado miles de veces, y el sol se cuela entre los árboles y los balcones para acariciarte las sienes. Cuando levitas con decisión pero sin rumbo y la brisa mece con armonía los vuelos de tu chaqueta. Cuando la camisa te cae sin arrugas desde los hombros hasta los zapatos y sientes elegante el golpear de tus suelas contra el pavimento. Cuando los escaparates te devuelven el reflejo de una sonrisa involuntaria. Cuando andas con paso armonioso y te saludan con la mano desde la otra acera ,y mientras desvías la mirada, un rayo de luz clara te descubre a las primeras chicas con tirantes.

Es entonces, y solo entonces, cuando entiendes que la primavera ha vuelto.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Carta a Juan Carlos

Resulta que los motoristas muertos en puntos quilométricos irrelevantes de la autopista tienen nombre. El que se ha dejado la vida esta mañana a la altura de Cervelló se llamaba Juan Carlos y durante años fue mi profesor. Iba de camino a dar clase, como tantas mañanas me la dio a mí, y su muerte dejará huérfanos de un referente no sólo a sus alumnos de hoy, sino a futuras generaciones de adolescentes desorientados.

Escribo esta carta a Juan Carlos demasiado pronto, porque yo tenía pensado hacerlo dentro de unos años. Él fue el responsable, y ha muerto sin saberlo, de mi amor por la literatura y, supongo, de que en última instancia me dedique a escribir. Quería yo decírselo en una carta el día en que me pasara algo realmente importante dentro de esta profesión; al firmar un buen contrato, al recibir un premio, al presentar un libro o qué sé yo. Sólo pretendía hacer un guiño adaptado a mis circunstancias a Albert Camus, quien, tras recoger el Nobel, mandó una misiva al profesor que le hizo enamorarse de los libros.

De Juan Carlos aprendí que el oficio de escribir y el de leer exigen esfuerzo. Me lo hizo entender de muchas maneras, aunque yo lo asimilé sobre todo gracias a las redacciones que nos mandaba hacer. Recuerdo la impotencia de acumular textos y textos puntuados a la baja. Ese sentimiento me llevaba a maldecirle primero y a esforzarme después en cada redacción como si fuera la última, con la esperanza de llegar a ver algún día un excelente escrito en tinta roja.

Una mañana de entrega tenía yo dos dedos rotos de la mano diestra y, al no poder escribir a mano, llevé mi redacción imprimida, algo prohibido en sus asignaturas. La rompió en cuanto se la di. Antes de que pudiera justificarme enseñándole el estropicio de mi mano, me preguntó, sin levantar la vista de su cuaderno de notas, si alguien me había dado permiso para entregarle ese impreso. No me dejó responder: me cortó explicando su reacción. El problema, dadas las circunstancias, no era el soporte, sino la poca adecuación del texto al espacio. Tenía las 300 palabras en medio folio. Repártame esos párrafos por toda la cara y entréguemela de nuevo mañana, me concedió.

Así lo hice. Esa redacción fue mi primer y, creo, mi último diez con Juan Carlos. Tuve que reescribirla de memoria por la noche, porque ni siquiera tenía el documento guardado en el ordenador. El detalle de adecuar el texto al espacio, que pudiera parecer entonces una nimiedad, ha sido algo importantísimo a la postre en mi vida, ya que me tengo que adaptar continuamente a las maquetas de los medios donde estoy. Como esta anécdota hubo muchas y ninguna menos útil.

También me invitó Juan Carlos a la lectura, gracias a una de sus virtudes: su profundidad, la existencia en él de un elaborado mundo interior, trascendía al exterior sin que tuviera que esforzarse. Yo quería ser como él y sólo veía un atajo para conseguirlo: leer lo mismo. Por eso descubrí a Lorca tan joven, porque cuando Juan Carlos nos lo recitaba se le iluminaban los ojos, como si descubriera un nuevo horizonte delante de nosotros.

Quería decirle todo esto a Juan Carlos cuando le llegara su tiempo amarillo, como una vez llamó Machado a la vejez y como Fernán Gómez -el profesor de todos en 'La lengua de las mariposas'- tituló sus memorias. He llegado tarde. Al menos me queda el consuelo de saber que Juan Carlos sí llegó a muchos niños en el momento oportuno: cuando tenían que hacerse adultos.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Rutinas sustituidas



Ver a mi alrededor a estudiantes haciendo las maletas para irse de Erasmus me retrotrae un año en el tiempo. Se me hace inevitable recordar esos días previos a coger el avión, cargado de ganas pero sobre todo de miedo.

La última semana antes de marchare la viví con un cosquilleo fastidioso. Sentía auténtico pavor al tener que cambiar una realidad cómoda por una totalmente desconocida. Para muestra, un párrafo que escribí a un día de partir: “Hoy paseaba por la calle Laureà Miró y solo podía pensar en lo conocido que era todo para mí. He pisado muchas veces las baldosas que hoy pisaba. Podía saber por el sol lo cerca que está la muerte del verano. Los rótulos de los comercios se me pegaban al cogote cuando los dejaba atrás, como si de algún modo formaran ya parte de mí. Un escalofrío me ha recorrido de arriba abajo justo antes de poner pie en otra calle. Qué contraste iba a vivir en 24 horas: hoy paseaba por mi ciudad como por el pasillo de casa a la misma hora en la que mañana buscaré unas sábanas en un supermercado que todavía no sé que existe”.

Room 3, Flat 7: lo más parecido que he tenido nunca a una casa propia.

Si hace un año hubiera sabido lo que sé hoy, ese hubiera sido el menor de mis problemas. El supermercado existía. Al Miquel que estaba haciendo la maleta le hubiera dicho lo que todavía nadie: que la verdadera dificultad aparece al volver, al poner de nuevo un pie en tu barrio y sentir que todo está como lo dejaste, excepto tú. Le hubiera explicado que la vida de adulto que se había forjado en Birmingham aquí no le iba a servir para nada, porque su habitación de niño y sus rutinas de adolescente le esperaban como una espada de Damocles.

Volver a hacer lo que hacía antes del Erasmus fue mucho más duro que vaciar una maleta. Adaptarme otra vez a los horarios impuestos, a comer lentejas los martes y pollo los domingos, a tener siempre preparada una explicación; perder la libertad, al fin y al cabo. Nadie está listo para eso una vez la ha disfrutado. Pero la vida sigue, como tantas veces, ajena a nuestra voluntad y poco a poco las rutinas viejas van sepultando las que uno había creado, hasta llegar a sustituirlas. Porque, puedo afirmarlo ya meses después, los hábitos desarrollados en autonomía no se olvidan: se anhelan hasta volver a conseguirla.

domingo, 5 de agosto de 2018

Cuaderno de campo: un encierro a caballo a finca abierta

Un sol de justicia bañaba ayer el amarillento campo ibérico, inundado en este tiempo de rastrojo. Era sábado de encierro en el lado portugués de la frontera. Hacia la finca de inicio del encierro andaban camionetas de maletero abierto cargadas hasta los topes: las carrinhas, como así las llaman, transportan desde el pueblo hasta el lugar de suelta de las reses a cuantos encuentran en el camino. Entre la hilera de coches se abrían paso grupos de jinetes con la garrocha al hombro y la felicidad desbordando sus rostros.

Aunque los toros todavía estaban enchiquerados, en las carrinhas empezó el encierro. Esos maleteros son lugar de tertulia durante los 20 ó 30 minutos de trayecto. Allí arriba, haciendo equilibrio entre baches, siempre se encuentra algún conocido y alguien por conocer. Se habla de todo con ellos: del desayuno, de anécdotas, de toros, de caballos y de cotidianidades. Ayer, Fabián, con una gorra de una casa de piensos, nos allanó el camino rememorando los tiempos de mi padre en el pueblo antes de emigrar.

Al llegar a la finca sentí de lleno el aura adictiva del campo. Hectáreas y hectáreas en las que parece imposible que algo pase; el sol vomitando su fuerza sobre los tallos secos del trigo segado y nunca nada más. Sin embargo, no se puede dejar de sentir ni un solo instante que esa paz, irremediablemente, va a saltar por los aires de un momento a otro. Algún caballo tiene que rebrincarse, algún toro se va a escapar antes de la hora. Mientras todos cavilábamos eso, comíamos embutido en cuadrilla y hablábamos de otras cosas, pretendiendo que podíamos pensar en algo que no fuera un toro al galope corriendo fiero detrás de cualquier caballo.


Los toros salieron por fin en cuanto dieron las once portuguesas. No vimos más que dos carreras: los cinco animales escaparon del ingenio de los jinetes y hubo que ir a buscarlos a distintos pueblos. A unos los cogieron en Portugal y a otros en España. Pero eso lo supimos a las dos de la tarde, cuando ya cansados de tragar sol en la finca perdimos definitivamente la esperanza de ver ningún otro derrote de los cárdenos esfumados y bajamos de nuevo al pueblo. Vimos dos minutos de toros, pero los sentimos durante cinco horas de campo y caballos.

domingo, 8 de julio de 2018

Dos minutos al año

Al teléfono fijo de mi casa podríamos ponerle un brazo robótico que lo pasara siempre a mi madre. Ya no llaman a nadie más por él, excepto en los días de cumpleaños. En esas fechas una legión de familiares lejanos se turna para incomodar a quien sople las velas, por mucho que al personaje en cuestión les una un inexistente vínculo. El martes fue ese día para mí, y debo confesar que a una de esas llamadas sí me apetecía contestar.

Hay un primo de mi madre —la mujer tiene cerca de cincuenta—, ya mayor, al que no he visto más que un par de ratos en mi vida: una tarde en una boda y una mañana en un entierro. Pero Antonio, que así se llama el hombre en cuestión, me felicita cada cumpleaños y me tiene al teléfono alrededor de dos minutos. Sus breves llamadas están siempre cargadas de una moraleja no invasiva, alejada de paternalismos, con un tono nunca incómodo. Su mensaje solo pretende darme pistas de por dónde puede venir la vida.

Este martes hablamos sobre la altísima probabilidad de que el que estoy viviendo sea mi último verano como estudiante. De lo que me preocupa eso y lo que temo perder por ello. Antonio no negó la pérdida de calidad de vida, sino que para aliviarla resumió la existencia de cualquier adulto estándar en un país primermundista estándar. Tienes que buscar cosas que te gusten, que te hagan feliz, e ir tirando. Es lo que queda a estas alturas.



El teléfono contaba un minuto y cincuenta y nueve segundos cuando pulsé el botón rojo, pero la conversación ya va por cuatro días de duración en mi cabeza. Como escribí una vez, bastante más lejos de este fin del estío vital, hacerse adulto es ver la felicidad desde la ventana de lo ocasional. Y yo, como todos, no estoy listo para dar ese paso aunque, y esto es algo mucho peor, estoy dispuesto.

Con asiduidad acarician ya mis sienes las sombras de los temores intrínsecos a las nóminas, a los alquileres, a tener queso en lonchas duro en la nevera y a recoger calcetines húmedos del suelo de algún patio de luces. En fin, el inconsciente ya anticipa el yo contra el mundo. Hablar con el gestor, sentarte en mesas en las que no quieres estar, sentir que el cuerpo empieza a tener límites. Es descorazonador intuirse destapado ante las molduras de la vida adulta. No sé nada de lo que está ahí fuera y lo de ahí fuera no sabe nada de mí, con una diferencia: a lo de ahí fuera no le importa una mierda quién sea yo.


Me espesa la sangre pensar en ese ahí fuera como en un ente con tendencias arbitrarias, porque eso hace que el bienestar se intuya como una barra de hierro ardiendo. Tratar de agarrarlo implica no tenerlo, me figuro. Supongo que vivir, llegados a este punto, consiste en aparentar seguridades constantemente, en empoderarse frente a las circunstancias una y otra vez. Me preocupa no ser capaz de hacerlo.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Exageraciones alcohólicas de milagros que no son

No me da pudor admitir que bebo más de lo que debiera. Es algo tan perjudicial como inevitable: el aclohol me abre las puertas de un mundo inconsciente sin el que el real no podría sostenerse. Este viernes pasado volví a entrar de lleno en ese universo onírico de la ebriedad y pasó algo nuevo. Sólo la bebida me ofrece situaciones desconocidas últimamente.

El caso es que me acosté el viernes con unas cuantas copas de más; nada nuevo. La cosa llegó sobre las nueve de la mañana. Me despertó una alarma en forma de fuerte dolor en la vejiga, aunque en realidad no había parte del cuerpo que no me doliera. Intenté incorporarme con el mínimo esfuerzo posible, pero el mareo y el malestar que experimenté hicieron del camino al lavabo un calvario en el que sólo faltaba la cruz. En cuanto alcancé a entrar al baño, encendí la luz, me apoyé con la mano izquierda en la pared y solté el chorro como pude. No recuerdo más.

Al volver a la cama, sentí de repente que iba a morir antes de darme la vuelta si no bebía algo de agua. Por suerte tengo una botella siempre en la habitación. La abrí con sorprendente rapidez, tomé un trago y la dejé sin tapar en el mueble que hace de cabezal. Había sobrevivido al mal momento. No fue hasta unas cuantas horas después, al levantarme y ver la botella de nuevo, cuando fui consciente de que acababa de vivir un milagro, al estilo de Julius en Pulp Fiction. Déjenme explicarme: a causa de mi deplorable estado al beber, había posado la botella sin tapar a medio camino entre el cabezal y un libro. Es decir, hubo durante unas seis horas un litro y medio de agua a unos treinta grados de inclinación apuntándome a la cabeza. Aquello no me cayó encima por alguna razón. Supongo que a quien gobierne el universo real no le molesta que me quiera escapar un rato.

Nota: texto escrito en julio de 2017

viernes, 27 de octubre de 2017

Secuestro

Anteayer alguien desde España me insultó cariñosamente llamándome extranjero. La broma tenía respuesta fácil, porque desde luego que en UK lo soy. Lo que no tiene tanta gracia es la situación en la que me encuentro mientras escribo esto: además de en UK, soy extranjero también en mi propio país, o, al menos, eso es lo que me hace pensar el hecho de que el Parlamento de mi región no reconozca como autoridad a quien me abastece de todos los servicios básicos.

Lo crean o no, este acontecimiento, a priori vergonzante y a todas luces ilegal, está siendo celebrado por mucha gente. Hay multitud de nacionalistas abrazados en la calle nada más que a una bandera y una utopía: la estelada y un Estado mejor que habría nacido hoy. Ese país será más próspero, más cívico y de una importancia innegable en el panorama político mundial. Aunque, quizás por desconocimiento o quizás por negación, los mismos que hoy celebran están obviando la opinión del resto del mundo en todo esto: Europa dice que no hay lugar para nacionalismos bajo su paraguas y Estados Unidos aclara que apoyará a España en las medidas que deba tomar para recuperar el orden constitucional.

Muchos independentistas descartarán este texto al leer la frase anterior. Para ellos la constitución no es más que papel mojado, una pintura rupestre propia de una época demasiado lejana ya. Comparto la esencia de ese sentimiento: si todo evoluciona en cuatro décadas, las leyes deberían hacerlo también. Es lógico replantearse el modelo territorial, como también lo es permitir un referéndum de autodeterminación legal y con garantías democráticas. Sin embargo, la falta de esa revisión constitucional no autoriza a desobedecer una ley que aprobó y puede modificar el pueblo mediante las herramientas que él mismo se dio.


Es curioso que ilegitimen la Constitución quienes se dan por legitimados con un 48% de los votos. Hoy, gracias a los diputados obtenidos con ese porcentaje de votos, se ha consumado lo que temía: mis derechos han sido secuestrados hasta nueva orden. Y, todo, mientras los secuestradores van cantando por la libertad. Después de escribir esto, ya estoy preparado para que nacionalistas me llamen facha. Porque lo harán.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Por acción u omisión, Larra

Los días que estaba triste en Barcelona solía leer a Larra antes de acostarme. Lo hacía porque descubrí que lo que ese señor contó de la España del siglo XIX me sacaba una sonrisa. Mi realidad, mi España de aquellas noches, no era muy diferente a la que Larra escribió: Larra hablaba de situaciones extrapolables a las mías y los personajes rara vez no encontraban asociación en mi cerebro. Esas similitudes de vivencia y pensamiento hicieron que, de algún modo, Larra actuara como portavoz de mi frustración: lo que yo pensaba lo decía él mejor. Me fascinaba que Larra hiciera convivir en su queja el alivio y la condena: bendita mi serenidad que no depende de la de ahí fuera, maldita mi serenidad que me lleva al desasosiego con todo lo que no está dentro.

Dejé el libro de Larra en Barcelona y moví mi mundo a Birmingham. No dejé a Larra en casa por pensar que aquí no conocería a veces la frustración, sino para hacer más evidente el cambio de escenario. Suponía que despojarme de los rituales que emocionalmente me unían a casa me ayudaría a adaptarme a mi nueva situación. Pero resulta que no: escuchar a Sabina y a Manel, hablar con la gente a la que quiero, leer los mismos periódicos de cada día y todas esas pequeñas cosas no me está apartando de hacerme a Birmingham. Si acaso, me están ayudando: son refugios en los que siempre encuentro un rastro de seguridad.


Suelo encontrar seguridad también cuando me siento al teclado, aunque ando algo disgustado por lo poco y lo mal que escribo desde que estoy en Birmingham. Supongo que el esfuerzo de pensar todo el día en inglés, con la limitada agilidad con la que todavía me desenvuelvo, está restando capacidad a mi cerebro para dedicarse a lo demás. Al menos, no tener conmigo los artículos de Larra ha hecho que vuelva a escribir sobre mis frustraciones, trabajo que últimamente había sustituido por leer al maestro. Al final, por acción u omisión, Larra acaba siempre apagando la luz de mi cuarto en las noches más oscuras.

lunes, 28 de agosto de 2017

Amigos ¿de verano?

Una vez escuché que los buenos amigos son los que haces en el invierno, porque los que conoces en verano duran contigo apenas unos meses. Imagino que quien dijera eso no volvió nunca resacoso en bus desde Bilbao. Ni recorrió el ancho de España en un ALSA para pasar el carnaval en Ciudad Rodrigo. Ni tampoco durmió la mona unas horas en Barajas a cambio de llevarse una noche de fiesta en la maleta.

Todos esos viajes tienen el mismo punto de partida, Barcelona, y el mismo punto de encuentro, cuatro amigos. Cuatro amigos que un buen día pensaron que no importaban mucho las distancias —claro que ninguno de ellos vive en la esquina del mapa—y que aquello del verano se quedaba pequeño. Dos semanas juntos está muy bien; pero 50 sin vernos, no tanto.

Al volver ayer de Bilbao me dio por pensar en cómo se gestó todo, en el momento en que esa gente extendió su amistad por las cuatro estaciones. Hablar de continuo y saber de nuestras vidas por redes sociales supongo que ayudó. Pero lo cierto es que no encontré un punto de inflexión muy claro: simplemente nos fuimos juntando cada vez más. La foto de los cinco dejó de ser una excepción para pasar a ser algo periódico.

Ahora viene un año diferente, porque la vida nos lleva a dos al extranjero. No sé si la foto podrá repetirse en Birmingham o Tenerife, lo que sí tengo claro es que tenemos que empezar a buscar un disfraz para carnaval. Ciudad Rodrigo nos juntará entonces físicamente; mientras, habrá que conformarse, como leí hace poco en Instagram, con estar lejos pero llevarnos dentro. Al fin y al cabo, independientemente del sitio —si es en Alameda, mejor— esta es mi gente.

domingo, 18 de junio de 2017

La muerte de Iván Fandiño

La literatura en torno a la tauromaquia no tiene importancia, como en esta disciplina no la tiene nada de lo que pasa fuera del albero. La virtud y la fatalidad del destino son solo para los que están dentro: toro y torero, animal y hombre, vida y muerte. A Iván Fandiño ayer le tocó morir, aunque los toreros que se dejan la vida en la plaza nunca acaben de hacerlo.

Lo cierto es que de nada sirven ya las biografías y las orejas: Fandiño no va a pisar más el campo, no volverá a sentir la lírica del toreo por sus venas. A sus 36 años un quite le privó de todo, de la soledad del tentadero y de la muchedumbre de las puertas grandes. Ya no hay más que la gloria póstuma; un consuelo para una pérdida inconsolable, la de un torero corneado por la parca.

Lo que nadie podrá arrebatar a Iván Fandiño es la integridad en la vida y en la muerte. El suyo fue un proceder puro, siempre con el pecho y la verdad por delante. Nunca un alarde de más, nunca una palabra de más. Todo lo que tuvo que decir lo demostró, porque al fin y al cabo no hay mejor manera de reivindicar que hacer.

Fandiño hizo soñar a muchos, por lo que merece la gloria como pocos. No es común dejarse la vida por una pasión. Pero ya se sabe que la de los toros es muy cara: la muerte aguarda cada vez que suena el clarín, como escribió Sebastián Castella en Instagram. Iván Fandiño comprendió el sentido de esa frase en su totalidad en cuanto el toro lo partió por el costado. Que se den prisa que me muero. Y Fandiño murió para vivir por siempre.

martes, 14 de marzo de 2017

Dos calles, un mundo

No se sabe muy bien por qué, o yo al menos no he acertado a descubrirlo, hay calles que conectan a uno con la vida. Asfaltos y fachadas que desaparecen a la vez que el cuerpo para converger en un mismo lugar; trazos, luces y sensaciones que se atrincheran en el refugio de lo irracional. Supongo que muchas cosas influyen para que eso pase, además de los colores, el brillo del sol y la forma de los edificios.

Por eso son pocas las calles que logran quedarse en la retina. De hecho, creo que en mi lista solo hay dos, además de un camino. Bonanova y la calle Larga. Y tengo fortuna: por la primera paso cada día, lo cual hace mi rutina más cálida; la segunda me atraviesa unas pocas veces al año, con lo que gozo de la exclusividad de lo ocasional.

A estas dos calles las separan mil kilómetros y, sin embargo, cuando estoy en una de ellas puedo perfectamente sentir el latido de la otra. En realidad, tiene sentido: esas dos calles representan los dos principales bastiones de mi mundo. La gran ciudad y el más remoto agro. Bonanova y la calle Larga. Un lugar cosmopolita, que pretende abrazarse a la cultura y la educación para superarlo todo, y la antítesis del progreso, el último bastión de una España del siglo XIX que ha muerto en toda parte excepto allí.

En cierto modo, esta paradoja tiene una vertiente realmente divertida. Voy por Bonanova pensando en aprender a jugar al tute para unirme a la mesa de los jubilados en verano y ando por la calle Larga acordándome de un cartelito de gastrosandwichería. Poca gente en mi pueblo sabe lo que es un sándwich y casi nadie en Bonanova ha oído hablar del tute.

Si me dieran a elegir, no sabría con qué calle quedarme. Al fin y al cabo, nací, crecí y vivo en la ciudad. Pero cuánto he aprendido en el pueblo que no me ha enseñado la urbe. La calle larga y Bonanova, mi ego y mi yo. Dos sitios para definirme de una forma tan simple y tan compleja.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Luis Aragonés y la España de siempre

Estoy a punto de cumplir las dos décadas, por lo que el primer Mundial sobre el que pienso con claridad es el de Alemania 2006. Antes de esa fecha, en mi archivo personal no hay futbolistas que vistan de rojo. Como mucho se cuela alguna imagen de Joaquín centrando en Corea, o de Iñaki Sáez en un banquillo portugués. Pero nada. Esas trazas deslavazadas no contienen secuencias con sentido propio. La selección española empieza para mí en 2006, bajo la batuta de don Luis Aragonés.

De Alemania recuerdo con exactitud dos partidos. El primero, el del debut frente a Ucrania. Victoria por cuatro a cero. Aquella exhibición de fútbol y goles llenó el país de alegría. Alegría en todos los lugares: en casa, en el colegio, en la prensa. Este año sí, decía todo el mundo. Pues este año sí, decía yo también. Y eso que no conocía el no.

El segundo fue el partido en el que íbamos a jubilar a Zidane. España quiso jugar y Francia supo jugar. España quiso decir sí y Francia respondió que no. Derrota contundente, a casa en octavos. Y en casa ya nadie se acordaba del sí. Ni en el colegio, ni en la prensa. Quizás porque habían tenido que tragárselo demasiadas veces. Porque, al fin y al cabo, éramos la España de siempre.

Hasta 2008 pasaron muchas cosas. Aquel fue un bienio de polémica, de vergüenza en Irlanda, de Raúl selección y de Luis vete ya. En el combinado nacional, de puertas para afuera, nada iba bien. La situación no extrañaba a nadie. De una manera o de otra, en la selección siempre habían pasado cosas raras. O eso era lo que decían los mayores.

Pero se acercaba la Eurocopa y la esperanza rebrotó. El final de la fase de clasificación fue magnífico: España contó sus últimos cuatro partidos por victorias.  Además, antes de ir a Austria, se ganó a Francia e Italia. Los jugadores parecía que sonreían y Luis decía que podíamos ganar. Se inventó lo de La Roja para unir a equipo y afición. Los jóvenes creíamos que podíamos ganar; los mayores se ilusionaron en la intimidad. Acostumbrados a las decepciones, no querían esperar nada.

Lo que aconteció en Austria fue maravilloso. La Eurocopa de 2008 fue una oda al fútbol. España se hizo, por fin, con un gran torneo internacional. El combinado español bordó el fútbol a ratos y supo sufrir cuando debía. Para el recuerdo quedarán los penaltis contra Italia, la exhibición en semifinales contra Rusia y el gol de Torres en la final frente a Alemania. Luis lo había hecho: España era campeona. Los jóvenes y los viejos por fin estábamos de acuerdo en decir sí. No fuimos la España de siempre, fuimos La Roja.

Luis dejó la selección, pero su legado permaneció. Para cuando llegó el Mundial de Sudáfrica ya nadie tenía dudas: podíamos ganar. Teníamos un sistema —implantado por Aragonés— y una generación ganadora. Aquella vez sí que estábamos todos convencidos, jóvenes y viejos. Si seguíamos el camino que Luis había construido, íbamos a ganar. Y España ganó. El Mundial. Casi nada.

En 2012 ya nadie cuestionaba a La Roja. Vigente campeona de Europa y del mundo, España estaba ante la oportunidad de hacer lo inimaginable: ganar tres grandes torneos internacionales de forma consecutiva. La selección jugó mal, pero volvió a ganar. En la final, además, otra vez contra Italia, el combinado nacional bordó el fútbol como lo hiciera en Austria. Aquel partido pareció un homenaje a la obra de Luis Aragonés. El fútbol de los bajitos, el del tiki-taka, tomó Ucrania y, con ella, la historia.

Aunque quizás la mejor muestra de la importancia de Luis Aragonés en la historia de La Roja sea el Mundial de Brasil 2014. La selección llegó a la cita lastrada por las lesiones y por la elevada edad de su generación dorada. Pese a ello, España era una de las favoritas a ojos de todo el mundo. Los rivales nos miraban con respeto. Y en las calles, lejos del victimismo de antaño, se respiraba optimismo. Aun sabiendo que la realidad no era la mejor, creíamos. Teníamos fe en La Roja.

El desenlace del campeonato fue fatal para los intereses españoles. La selección cayó humillada y eliminada en primera ronda. La decepción fue terrible. En gran parte, porque consideramos que ese no es el lugar de España. Que La Roja ocupa ya un trono vitalicio entre las grandes. Porque desde que llegó Luis,  el combinado nacional ha ganado tres de los cinco grandes torneos disputados. Porque la España de siempre es la que gana. Porque ahora perder es un accidente. Porque ahora somos grandes. Gracias, Luis.

lunes, 18 de julio de 2016

Madrugadas adultas

Sabes que te haces mayor cuando la vida se pone trascendente. Cuando en la madrugada de un lunes de verano, en vez de discutir por cuánto dinero te dejarías dar por culo, reflexionas sobre tu futuro personal y profesional, si no es todo uno. Cuando ese mismo banco que te acurrucó tantas otras noches en el mar de la felicidad perenne parece hoy una cama de faquir. Por cada preocupación, un pincho. Y así hasta completar un enorme colchón de dudas y temores.

Pixar nunca hará una película sobre estas conversaciones del inicio de la etapa adulta. ¿Quién está dispuesto a pagar por volver a experimentar el paso inevitable a la cotidianidad? ¿A alguien le gusta que le recuerden que la alegría ya sólo la verá desde la ventana de lo ocasional? A gran parte del público, no. La mayoría jamás compraría una entrada para esa sala; ahí está el cine español para demostrarlo. Y menos en este siglo XXI, en el que la flojera intelectual y estética son una pandemia global.

Hace tiempo que el arte perdió su mayúscula en favor de los estampados de Mister Wonderful. La poesía dejó de ser hermética y profunda, para devenir en una sucesión de versos que no precisan de asociación de ideas, sino más bien de éstas. La novela se ha convertido en entretenimiento banal —no por ello ha dejado de retratar la sociedad, lo grave es que lo hace desde la involuntariedad. Y en las discotecas suenan todo el tiempo refritos de las mismas letras aliñadas con Auto-Tune.

La precariedad a la que parece condenada mi vida, y la de todos los que queremos dedicarla a disciplinas que únicamente encuentran sentido en lo intangible, no surge sin embargo como responsabilidad de la crisis estética que nos atañe. La sociedad siempre ha castigado las vidas desordenadas. Pero ocurre que nuestro público cada vez es más reducido y nuestros detractores más poderosos.

Otra vez la luna quiere marcharse antes de que deje de escribir, lo que significa que mañana volveré a no madrugar. Y lo que es peor, cuando me pregunten el motivo, tendré que excusarme. Nadie creerá que de madrugada estuve atendiendo asuntos más importantes que ir al gimnasio a las 10 de la mañana.

lunes, 23 de mayo de 2016

José Tomás no es un torero

Si es usted un empresario taurino y quiere asegurarse el éxito en taquilla, debe echar el resto para conseguir colocar dos palabras en su cartel: José Tomás. Y es que en medio de la áspera crisis que azota a la tauromaquia, ese nombre es capaz de colgar el cartel de “no hay billetes” en 24 horas. ¿Cómo es posible? Por más que se ha intentado, nadie ha logrado dar con la causa exacta de este fenómeno tomasista. Quizás haya que reformular la hipótesis: puede que carezca de lógica medir a José Tomás por los mismos parámetros que a los demás toreros, porque el de Galapagar poco tiene que ver con ellos.

La tauromaquia es un espectáculo que solo encuentra sentido en la frontera entre la vida y la muerte, terreno en el que nace la poesía vivida, una lírica efímera pero intensísima, que dura lo que dura una serie de muletazos. Pese a que existen muchos y variados matadores, pocos son los que encuentran esa exacta parcela entre el asta la muerte y la muleta la vida— que logra acongojar los corazones del público durante el pase y hacerlos vibrar una vez el toro ha embestido la tela roja. José Tomás no solo encuentra ese terreno mágico, sino que va más allá: El Príncipe de Galapagar es el único que torea en el lado de la muerte y casi siempre sale vivo del envite.

Por ese "casi" que acompaña al "siempre" de la frase anterior se han escapado más de veinte cornadas, alguna de ellas gravísimas. La relación de Tomás con la enfermería empezó pronto: en 1996, temporada de su alternativa, sufrió una cogida en Jalisco, México, que le obligó a recibir varias transfusiones sanguíneas. Pero sin duda el percance más crudo lo sufrió en Aguascalientes, también México, en 2010, cuando una cornada gravísima y la falta de medios sanitarios estuvieron a punto de matarlo. Ninguno de estos sucesos pueden ser calificados como extraños cuando se torea tan cerca del pitón como lo hace José Tomás. Y es que ya lo dijo el matador Luis Francisco Esplá, “valor es ponerse donde se pone José Tomás”. Esta afirmación cobró un sentido más amplio si cabe el 15 de junio de 2008, en Madrid, tarde en la que el de Galapagar sumó tantas orejas como cornadas: tres.

Ese “arrimarse” tanto, que se dice en la jerga taurina, es uno de los puntales de la tauromaquia de José Tomás, pero no el único. Lo más característico del estilo de El Príncipe de Galapagar es su quietud. Una vez cita al toro, ya no mueve los pies del albero, es decir, el diestro no modifica su postura hasta que finaliza el pase; el toro, obviamente, sí lo hace. ¿Qué pasa cuando el animal no da otra opción que la de desplazarse? Responde el mismo José Tomás: “Y si en un pase, el toro se te cuela [se dirige al torero en vez de a la muleta], en el siguiente hay que cruzarse más, irse más para adelante”. Ese contraste de movimientos entre un astado de 500kg galopando y un hombre quieto como el granito a pocos centímetros del pitón dota a las faenas de José Tomás de una lírica distinta.

Pero los tendidos no estallan con José Tomás solo por la técnica y por el valor con los que se desenvuelve el madrileño. Lo que de verdad hace especial sus faenas es el silencio de lo místico. Las plazas están llenas cuando J.T. salta al ruedo, pero están llenas de gargantas calladas, que no hablan porque admiran al mito que está pisando la arena, porque esperan algo único, porque quieren disfrutar de alguien irrepetible o por una mezcla de todas las proposiciones anteriores. Lo cierto es que cuando José Tomás torea solo se oyen respiraciones, del toro, del público y del torero; y la voz del de Galapagar citando al astado. Los olés y las palmas enfervorizadas entre series son lo único que rompe por momentos ese pacto de silencio. Así lo definió José Suárez-Inclan: "Se estuvo quieto, pero sobre todo estuvo silencioso. Y ésa es clave fundamental en su toreo: un silencio poético y misterioso, un tanto hermético, más fácil de percibir que de entender".

Del silencio de las plazas al silencio de la vida privada de José Tomás, o viceversa. Porque para el propio matador “se torea como se es”. Y él es un hombre reservado, callado y un tantohuraño. José Tomás torea porque siente que su naturaleza le obliga a hacerlo, pero al diestro madrileño no le gusta todo ese ambiente superfluo y de la farándula que rodea al mundo de la tauromaquia, lo que a menudo le ha granjeado problemas con los medios de comunicación.

La relación de José Tomás con la prensa nunca ha sido buena. El Príncipe de Galapagar, por su carácter introvertido y su extrema protección de la privacidad, no suele ni conceder entrevistas ni aparecer en actos públicos que puedan llamar la atención de los medios. Además, hay otro factor que ha influido en perjuicio de la cordialidad entre J.T. y los periodistas: el madrileño prohíbe las cámaras de televisión en las corridas que lidia, por lo que son contados los festejos televisados en la era digital en los que haya participado el matador. Este hecho, a primera vista anecdótico, es uno de los factores claves en el éxito en taquilla de José Tomás: si quieres ver al mito, tienes que ir a la plaza.

Tampoco provoca José Tomás una simpatía unánime dentro del hermético universo que es la tauromaquia. No son pocas las ocasiones en las que se ha dicho de José Tomás que su actitud va en perjuicio de la Fiesta, pese a ser su principal estrella. O precisamente por eso. Se acusa al diestro madrileño de ser soberbio y egoísta. Esta acusación la han firmado, además de aficionados, periodistas taurinos de renombre, como Antonio Lorca de El País, o incluso empresarios del sector, como Rafael Herrerías, quien le contrató en enero para reaparecer en México.

Se dice que José Tomás es un egoísta porque lidia pocos festejos cada año. De hecho, de 2002 a 2007 estuvo retirado sin mediar explicación. Simplemente decidió no torear. Entre el tejido taurino había la sensación de que J.T. iba a volver, pero ese silencio y esa lejanía del foco mediático hicieron crecer la incertidumbre hasta cotas insospechadas. Su regreso, en Barcelona, su plaza talismán, en el que cortó tres orejas, fue celebradísimo. Sin embargo, la actitud que el diestro tomó desde entonces molestó mucho: José Tomás torea cuando quiere y donde quiere, lo que suele traducirse en pocas corridas. No hay duda de que El Príncipe de Galapagar es el mejor, es distinto, y por eso para los fundamentalistas es un sacrilegio que no se vacíe toreando tanto como el físico le permita en pos de la tauromaquia.

Los críticos de José Tomás le achacan también varias trabas más para la difusión de los toros. El hecho de que el diestro madrileño no deje entrar a las cámaras es para ellos inadmisible. Y hay otro factor: El Príncipe de Galapagar suele elegir plazas pequeñas, de segunda, para torear, lo que se traduce en otra cosa además de en llenos rotundos en plazas de poco aforo. Las ferias grandes se quedan sin ver al mejor torero vivo y, por consiguiente, los toros de mayor trapío, es decir, envergadura y riesgo, caen en manos que nunca son las suyas; JT solo lidia toros de segunda.


El maestro de Galapagar es tratado de soberbio por lo mismo por lo que es endiosado: por ser un torero distinto. José Tomás no reza antes de pisar el albero, sino que apela a su valor, quietud y buen hacer. J.T. tampoco brinda los toros si no lo cree oportuno, esté quién esté en la plaza, como si es el mismo Rey de España. De hecho, no brindar al Rey le ha valido la etiqueta de torero republicano, aunque él nunca lo haya afirmado ni desmentido. Su apoderado declaró al respecto que "a José Tomás le funciona la cabeza y es una persona comprometida con su tiempo".

Buena prueba del compromiso social del que hablaba su apoderado, Salvador Boix, es la Fundación José Tomás. Esta organización benéfica la fundó el torero en 2009 y financia proyectos relacionados principalmente con la educación, la juventud y el deporte, desde novilladas hasta la esponsorización de atletas con problemas de movilidad.

Al matador madrileño se le acusa también de exigir unos emolumentos demasiado elevados, lo que dificulta que los empresarios puedan juntarle en un mismo cartel con otros grandes toreros del momento. En un artículo de El País, en 2008, cifraban sus honorarios por tarde en una horquilla de 250.000 a 400.000 euros. Lo cierto es que es famosa su mala relación con Enrique Ponce, seguramente el otro gran torero de la época junto a El Juli, quien ha compartido terna con J.T. en casi 50 ocasiones.


Ante todas estas afirmaciones, El Príncipe de Galapagar sigue como delante de un toro: quieto, callado y sin rectificar. Él no es como los demás: él es misterio dentro y fuera de la plaza. J.T. es el único capaz de agitarlo todo sin moverse, sin levantar los pies del albero o de su casa. ¿Cómo va a ser José Tomás un torero?