viernes, 29 de septiembre de 2017

Por acción u omisión, Larra

Los días que estaba triste en Barcelona solía leer a Larra antes de acostarme. Lo hacía porque descubrí que lo que ese señor contó de la España del siglo XIX me sacaba una sonrisa. Mi realidad, mi España de aquellas noches, no era muy diferente a la que Larra escribió: Larra hablaba de situaciones extrapolables a las mías y los personajes rara vez no encontraban asociación en mi cerebro. Esas similitudes de vivencia y pensamiento hicieron que, de algún modo, Larra actuara como portavoz de mi frustración: lo que yo pensaba lo decía él mejor. Me fascinaba que Larra hiciera convivir en su queja el alivio y la condena: bendita mi serenidad que no depende de la de ahí fuera, maldita mi serenidad que me lleva al desasosiego con todo lo que no está dentro.

Dejé el libro de Larra en Barcelona y moví mi mundo a Birmingham. No dejé a Larra en casa por pensar que aquí no conocería a veces la frustración, sino para hacer más evidente el cambio de escenario. Suponía que despojarme de los rituales que emocionalmente me unían a casa me ayudaría a adaptarme a mi nueva situación. Pero resulta que no: escuchar a Sabina y a Manel, hablar con la gente a la que quiero, leer los mismos periódicos de cada día y todas esas pequeñas cosas no me está apartando de hacerme a Birmingham. Si acaso, me están ayudando: son refugios en los que siempre encuentro un rastro de seguridad.


Suelo encontrar seguridad también cuando me siento al teclado, aunque ando algo disgustado por lo poco y lo mal que escribo desde que estoy en Birmingham. Supongo que el esfuerzo de pensar todo el día en inglés, con la limitada agilidad con la que todavía me desenvuelvo, está restando capacidad a mi cerebro para dedicarse a lo demás. Al menos, no tener conmigo los artículos de Larra ha hecho que vuelva a escribir sobre mis frustraciones, trabajo que últimamente había sustituido por leer al maestro. Al final, por acción u omisión, Larra acaba siempre apagando la luz de mi cuarto en las noches más oscuras.

lunes, 28 de agosto de 2017

Amigos ¿de verano?

Una vez escuché que los buenos amigos son los que haces en el invierno, porque los que conoces en verano duran contigo apenas unos meses. Imagino que quien dijera eso no volvió nunca resacoso en bus desde Bilbao. Ni recorrió el ancho de España en un ALSA para pasar el carnaval en Ciudad Rodrigo. Ni tampoco durmió la mona unas horas en Barajas a cambio de llevarse una noche de fiesta en la maleta.

Todos esos viajes tienen el mismo punto de partida, Barcelona, y el mismo punto de encuentro, cuatro amigos. Cuatro amigos que un buen día pensaron que no importaban mucho las distancias —claro que ninguno de ellos vive en la esquina del mapa—y que aquello del verano se quedaba pequeño. Dos semanas juntos está muy bien; pero 50 sin vernos, no tanto.

Al volver ayer de Bilbao me dio por pensar en cómo se gestó todo, en el momento en que esa gente extendió su amistad por las cuatro estaciones. Hablar de continuo y saber de nuestras vidas por redes sociales supongo que ayudó. Pero lo cierto es que no encontré un punto de inflexión muy claro: simplemente nos fuimos juntando cada vez más. La foto de los cinco dejó de ser una excepción para pasar a ser algo periódico.

Ahora viene un año diferente, porque la vida nos lleva a dos al extranjero. No sé si la foto podrá repetirse en Birmingham o Tenerife, lo que sí tengo claro es que tenemos que empezar a buscar un disfraz para carnaval. Ciudad Rodrigo nos juntará entonces físicamente; mientras, habrá que conformarse, como leí hace poco en Instagram, con estar lejos pero llevarnos dentro. Al fin y al cabo, independientemente del sitio —si es en Alameda, mejor— esta es mi gente.

domingo, 18 de junio de 2017

La muerte de Iván Fandiño

La literatura en torno a la tauromaquia no tiene importancia, como en esta disciplina no la tiene nada de lo que pasa fuera del albero. La virtud y la fatalidad del destino son solo para los que están dentro: toro y torero, animal y hombre, vida y muerte. A Iván Fandiño ayer le tocó morir, aunque los toreros que se dejan la vida en la plaza nunca acaben de hacerlo.

Lo cierto es que de nada sirven ya las biografías y las orejas: Fandiño no va a pisar más el campo, no volverá a sentir la lírica del toreo por sus venas. A sus 36 años un quite le privó de todo, de la soledad del tentadero y de la muchedumbre de las puertas grandes. Ya no hay más que la gloria póstuma; un consuelo para una pérdida inconsolable, la de un torero corneado por la parca.

Lo que nadie podrá arrebatar a Iván Fandiño es la integridad en la vida y en la muerte. El suyo fue un proceder puro, siempre con el pecho y la verdad por delante. Nunca un alarde de más, nunca una palabra de más. Todo lo que tuvo que decir lo demostró, porque al fin y al cabo no hay mejor manera de reivindicar que hacer.

Fandiño hizo soñar a muchos, por lo que merece la gloria como pocos. No es común dejarse la vida por una pasión. Pero ya se sabe que la de los toros es muy cara: la muerte aguarda cada vez que suena el clarín, como escribió Sebastián Castella en Instagram. Iván Fandiño comprendió el sentido de esa frase en su totalidad en cuanto el toro lo partió por el costado. Que se den prisa que me muero. Y Fandiño murió para vivir por siempre.

martes, 14 de marzo de 2017

Dos calles, un mundo

No se sabe muy bien por qué, o yo al menos no he acertado a descubrirlo, hay calles que conectan a uno con la vida. Asfaltos y fachadas que desaparecen a la vez que el cuerpo para converger en un mismo lugar; trazos, luces y sensaciones que se atrincheran en el refugio de lo irracional. Supongo que muchas cosas influyen para que eso pase, además de los colores, el brillo del sol y la forma de los edificios.

Por eso son pocas las calles que logran quedarse en la retina. De hecho, creo que en mi lista solo hay dos, además de un camino. Bonanova y la calle Larga. Y tengo fortuna: por la primera paso cada día, lo cual hace mi rutina más cálida; la segunda me atraviesa unas pocas veces al año, con lo que gozo de la exclusividad de lo ocasional.

A estas dos calles las separan mil kilómetros y, sin embargo, cuando estoy en una de ellas puedo perfectamente sentir el latido de la otra. En realidad, tiene sentido: esas dos calles representan los dos principales bastiones de mi mundo. La gran ciudad y el más remoto agro. Bonanova y la calle Larga. Un lugar cosmopolita, que pretende abrazarse a la cultura y la educación para superarlo todo, y la antítesis del progreso, el último bastión de una España del siglo XIX que ha muerto en toda parte excepto allí.

En cierto modo, esta paradoja tiene una vertiente realmente divertida. Voy por Bonanova pensando en aprender a jugar al tute para unirme a la mesa de los jubilados en verano y ando por la calle Larga acordándome de un cartelito de gastrosandwichería. Poca gente en mi pueblo sabe lo que es un sándwich y casi nadie en Bonanova ha oído hablar del tute.

Si me dieran a elegir, no sabría con qué calle quedarme. Al fin y al cabo, nací, crecí y vivo en la ciudad. Pero cuánto he aprendido en el pueblo que no me ha enseñado la urbe. La calle larga y Bonanova, mi ego y mi yo. Dos sitios para definirme de una forma tan simple y tan compleja.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Luis Aragonés y la España de siempre

Estoy a punto de cumplir las dos décadas, por lo que el primer Mundial sobre el que pienso con claridad es el de Alemania 2006. Antes de esa fecha, en mi archivo personal no hay futbolistas que vistan de rojo. Como mucho se cuela alguna imagen de Joaquín centrando en Corea, o de Iñaki Sáez en un banquillo portugués. Pero nada. Esas trazas deslavazadas no contienen secuencias con sentido propio. La selección española empieza para mí en 2006, bajo la batuta de don Luis Aragonés.

De Alemania recuerdo con exactitud dos partidos. El primero, el del debut frente a Ucrania. Victoria por cuatro a cero. Aquella exhibición de fútbol y goles llenó el país de alegría. Alegría en todos los lugares: en casa, en el colegio, en la prensa. Este año sí, decía todo el mundo. Pues este año sí, decía yo también. Y eso que no conocía el no.

El segundo fue el partido en el que íbamos a jubilar a Zidane. España quiso jugar y Francia supo jugar. España quiso decir sí y Francia respondió que no. Derrota contundente, a casa en octavos. Y en casa ya nadie se acordaba del sí. Ni en el colegio, ni en la prensa. Quizás porque habían tenido que tragárselo demasiadas veces. Porque, al fin y al cabo, éramos la España de siempre.

Hasta 2008 pasaron muchas cosas. Aquel fue un bienio de polémica, de vergüenza en Irlanda, de Raúl selección y de Luis vete ya. En el combinado nacional, de puertas para afuera, nada iba bien. La situación no extrañaba a nadie. De una manera o de otra, en la selección siempre habían pasado cosas raras. O eso era lo que decían los mayores.

Pero se acercaba la Eurocopa y la esperanza rebrotó. El final de la fase de clasificación fue magnífico: España contó sus últimos cuatro partidos por victorias.  Además, antes de ir a Austria, se ganó a Francia e Italia. Los jugadores parecía que sonreían y Luis decía que podíamos ganar. Se inventó lo de La Roja para unir a equipo y afición. Los jóvenes creíamos que podíamos ganar; los mayores se ilusionaron en la intimidad. Acostumbrados a las decepciones, no querían esperar nada.

Lo que aconteció en Austria fue maravilloso. La Eurocopa de 2008 fue una oda al fútbol. España se hizo, por fin, con un gran torneo internacional. El combinado español bordó el fútbol a ratos y supo sufrir cuando debía. Para el recuerdo quedarán los penaltis contra Italia, la exhibición en semifinales contra Rusia y el gol de Torres en la final frente a Alemania. Luis lo había hecho: España era campeona. Los jóvenes y los viejos por fin estábamos de acuerdo en decir sí. No fuimos la España de siempre, fuimos La Roja.

Luis dejó la selección, pero su legado permaneció. Para cuando llegó el Mundial de Sudáfrica ya nadie tenía dudas: podíamos ganar. Teníamos un sistema —implantado por Aragonés— y una generación ganadora. Aquella vez sí que estábamos todos convencidos, jóvenes y viejos. Si seguíamos el camino que Luis había construido, íbamos a ganar. Y España ganó. El Mundial. Casi nada.

En 2012 ya nadie cuestionaba a La Roja. Vigente campeona de Europa y del mundo, España estaba ante la oportunidad de hacer lo inimaginable: ganar tres grandes torneos internacionales de forma consecutiva. La selección jugó mal, pero volvió a ganar. En la final, además, otra vez contra Italia, el combinado nacional bordó el fútbol como lo hiciera en Austria. Aquel partido pareció un homenaje a la obra de Luis Aragonés. El fútbol de los bajitos, el del tiki-taka, tomó Ucrania y, con ella, la historia.

Aunque quizás la mejor muestra de la importancia de Luis Aragonés en la historia de La Roja sea el Mundial de Brasil 2014. La selección llegó a la cita lastrada por las lesiones y por la elevada edad de su generación dorada. Pese a ello, España era una de las favoritas a ojos de todo el mundo. Los rivales nos miraban con respeto. Y en las calles, lejos del victimismo de antaño, se respiraba optimismo. Aun sabiendo que la realidad no era la mejor, creíamos. Teníamos fe en La Roja.

El desenlace del campeonato fue fatal para los intereses españoles. La selección cayó humillada y eliminada en primera ronda. La decepción fue terrible. En gran parte, porque consideramos que ese no es el lugar de España. Que La Roja ocupa ya un trono vitalicio entre las grandes. Porque desde que llegó Luis,  el combinado nacional ha ganado tres de los cinco grandes torneos disputados. Porque la España de siempre es la que gana. Porque ahora perder es un accidente. Porque ahora somos grandes. Gracias, Luis.

lunes, 18 de julio de 2016

Madrugadas adultas

Sabes que te haces mayor cuando la vida se pone trascendente. Cuando en la madrugada de un lunes de verano, en vez de discutir por cuánto dinero te dejarías dar por culo, reflexionas sobre tu futuro personal y profesional, si no es todo uno. Cuando ese mismo banco que te acurrucó tantas otras noches en el mar de la felicidad perenne parece hoy una cama de faquir. Por cada preocupación, un pincho. Y así hasta completar un enorme colchón de dudas y temores.

Pixar nunca hará una película sobre estas conversaciones del inicio de la etapa adulta. ¿Quién está dispuesto a pagar por volver a experimentar el paso inevitable a la cotidianidad? ¿A alguien le gusta que le recuerden que la alegría ya sólo la verá desde la ventana de lo ocasional? A gran parte del público, no. La mayoría jamás compraría una entrada para esa sala; ahí está el cine español para demostrarlo. Y menos en este siglo XXI, en el que la flojera intelectual y estética son una pandemia global.

Hace tiempo que el arte perdió su mayúscula en favor de los estampados de Mister Wonderful. La poesía dejó de ser hermética y profunda, para devenir en una sucesión de versos que no precisan de asociación de ideas, sino más bien de éstas. La novela se ha convertido en entretenimiento banal —no por ello ha dejado de retratar la sociedad, lo grave es que lo hace desde la involuntariedad. Y en las discotecas suenan todo el tiempo refritos de las mismas letras aliñadas con Auto-Tune.

La precariedad a la que parece condenada mi vida, y la de todos los que queremos dedicarla a disciplinas que únicamente encuentran sentido en lo intangible, no surge sin embargo como responsabilidad de la crisis estética que nos atañe. La sociedad siempre ha castigado las vidas desordenadas. Pero ocurre que nuestro público cada vez es más reducido y nuestros detractores más poderosos.

Otra vez la luna quiere marcharse antes de que deje de escribir, lo que significa que mañana volveré a no madrugar. Y lo que es peor, cuando me pregunten el motivo, tendré que excusarme. Nadie creerá que de madrugada estuve atendiendo asuntos más importantes que ir al gimnasio a las 10 de la mañana.

lunes, 23 de mayo de 2016

José Tomás no es un torero

Si es usted un empresario taurino y quiere asegurarse el éxito en taquilla, debe echar el resto para conseguir colocar dos palabras en su cartel: José Tomás. Y es que en medio de la áspera crisis que azota a la tauromaquia, ese nombre es capaz de colgar el cartel de “no hay billetes” en 24 horas. ¿Cómo es posible? Por más que se ha intentado, nadie ha logrado dar con la causa exacta de este fenómeno tomasista. Quizás haya que reformular la hipótesis: puede que carezca de lógica medir a José Tomás por los mismos parámetros que a los demás toreros, porque el de Galapagar poco tiene que ver con ellos.

La tauromaquia es un espectáculo que solo encuentra sentido en la frontera entre la vida y la muerte, terreno en el que nace la poesía vivida, una lírica efímera pero intensísima, que dura lo que dura una serie de muletazos. Pese a que existen muchos y variados matadores, pocos son los que encuentran esa exacta parcela entre el asta la muerte y la muleta la vida— que logra acongojar los corazones del público durante el pase y hacerlos vibrar una vez el toro ha embestido la tela roja. José Tomás no solo encuentra ese terreno mágico, sino que va más allá: El Príncipe de Galapagar es el único que torea en el lado de la muerte y casi siempre sale vivo del envite.

Por ese "casi" que acompaña al "siempre" de la frase anterior se han escapado más de veinte cornadas, alguna de ellas gravísimas. La relación de Tomás con la enfermería empezó pronto: en 1996, temporada de su alternativa, sufrió una cogida en Jalisco, México, que le obligó a recibir varias transfusiones sanguíneas. Pero sin duda el percance más crudo lo sufrió en Aguascalientes, también México, en 2010, cuando una cornada gravísima y la falta de medios sanitarios estuvieron a punto de matarlo. Ninguno de estos sucesos pueden ser calificados como extraños cuando se torea tan cerca del pitón como lo hace José Tomás. Y es que ya lo dijo el matador Luis Francisco Esplá, “valor es ponerse donde se pone José Tomás”. Esta afirmación cobró un sentido más amplio si cabe el 15 de junio de 2008, en Madrid, tarde en la que el de Galapagar sumó tantas orejas como cornadas: tres.

Ese “arrimarse” tanto, que se dice en la jerga taurina, es uno de los puntales de la tauromaquia de José Tomás, pero no el único. Lo más característico del estilo de El Príncipe de Galapagar es su quietud. Una vez cita al toro, ya no mueve los pies del albero, es decir, el diestro no modifica su postura hasta que finaliza el pase; el toro, obviamente, sí lo hace. ¿Qué pasa cuando el animal no da otra opción que la de desplazarse? Responde el mismo José Tomás: “Y si en un pase, el toro se te cuela [se dirige al torero en vez de a la muleta], en el siguiente hay que cruzarse más, irse más para adelante”. Ese contraste de movimientos entre un astado de 500kg galopando y un hombre quieto como el granito a pocos centímetros del pitón dota a las faenas de José Tomás de una lírica distinta.

Pero los tendidos no estallan con José Tomás solo por la técnica y por el valor con los que se desenvuelve el madrileño. Lo que de verdad hace especial sus faenas es el silencio de lo místico. Las plazas están llenas cuando J.T. salta al ruedo, pero están llenas de gargantas calladas, que no hablan porque admiran al mito que está pisando la arena, porque esperan algo único, porque quieren disfrutar de alguien irrepetible o por una mezcla de todas las proposiciones anteriores. Lo cierto es que cuando José Tomás torea solo se oyen respiraciones, del toro, del público y del torero; y la voz del de Galapagar citando al astado. Los olés y las palmas enfervorizadas entre series son lo único que rompe por momentos ese pacto de silencio. Así lo definió José Suárez-Inclan: "Se estuvo quieto, pero sobre todo estuvo silencioso. Y ésa es clave fundamental en su toreo: un silencio poético y misterioso, un tanto hermético, más fácil de percibir que de entender".

Del silencio de las plazas al silencio de la vida privada de José Tomás, o viceversa. Porque para el propio matador “se torea como se es”. Y él es un hombre reservado, callado y un tantohuraño. José Tomás torea porque siente que su naturaleza le obliga a hacerlo, pero al diestro madrileño no le gusta todo ese ambiente superfluo y de la farándula que rodea al mundo de la tauromaquia, lo que a menudo le ha granjeado problemas con los medios de comunicación.

La relación de José Tomás con la prensa nunca ha sido buena. El Príncipe de Galapagar, por su carácter introvertido y su extrema protección de la privacidad, no suele ni conceder entrevistas ni aparecer en actos públicos que puedan llamar la atención de los medios. Además, hay otro factor que ha influido en perjuicio de la cordialidad entre J.T. y los periodistas: el madrileño prohíbe las cámaras de televisión en las corridas que lidia, por lo que son contados los festejos televisados en la era digital en los que haya participado el matador. Este hecho, a primera vista anecdótico, es uno de los factores claves en el éxito en taquilla de José Tomás: si quieres ver al mito, tienes que ir a la plaza.

Tampoco provoca José Tomás una simpatía unánime dentro del hermético universo que es la tauromaquia. No son pocas las ocasiones en las que se ha dicho de José Tomás que su actitud va en perjuicio de la Fiesta, pese a ser su principal estrella. O precisamente por eso. Se acusa al diestro madrileño de ser soberbio y egoísta. Esta acusación la han firmado, además de aficionados, periodistas taurinos de renombre, como Antonio Lorca de El País, o incluso empresarios del sector, como Rafael Herrerías, quien le contrató en enero para reaparecer en México.

Se dice que José Tomás es un egoísta porque lidia pocos festejos cada año. De hecho, de 2002 a 2007 estuvo retirado sin mediar explicación. Simplemente decidió no torear. Entre el tejido taurino había la sensación de que J.T. iba a volver, pero ese silencio y esa lejanía del foco mediático hicieron crecer la incertidumbre hasta cotas insospechadas. Su regreso, en Barcelona, su plaza talismán, en el que cortó tres orejas, fue celebradísimo. Sin embargo, la actitud que el diestro tomó desde entonces molestó mucho: José Tomás torea cuando quiere y donde quiere, lo que suele traducirse en pocas corridas. No hay duda de que El Príncipe de Galapagar es el mejor, es distinto, y por eso para los fundamentalistas es un sacrilegio que no se vacíe toreando tanto como el físico le permita en pos de la tauromaquia.

Los críticos de José Tomás le achacan también varias trabas más para la difusión de los toros. El hecho de que el diestro madrileño no deje entrar a las cámaras es para ellos inadmisible. Y hay otro factor: El Príncipe de Galapagar suele elegir plazas pequeñas, de segunda, para torear, lo que se traduce en otra cosa además de en llenos rotundos en plazas de poco aforo. Las ferias grandes se quedan sin ver al mejor torero vivo y, por consiguiente, los toros de mayor trapío, es decir, envergadura y riesgo, caen en manos que nunca son las suyas; JT solo lidia toros de segunda.


El maestro de Galapagar es tratado de soberbio por lo mismo por lo que es endiosado: por ser un torero distinto. José Tomás no reza antes de pisar el albero, sino que apela a su valor, quietud y buen hacer. J.T. tampoco brinda los toros si no lo cree oportuno, esté quién esté en la plaza, como si es el mismo Rey de España. De hecho, no brindar al Rey le ha valido la etiqueta de torero republicano, aunque él nunca lo haya afirmado ni desmentido. Su apoderado declaró al respecto que "a José Tomás le funciona la cabeza y es una persona comprometida con su tiempo".

Buena prueba del compromiso social del que hablaba su apoderado, Salvador Boix, es la Fundación José Tomás. Esta organización benéfica la fundó el torero en 2009 y financia proyectos relacionados principalmente con la educación, la juventud y el deporte, desde novilladas hasta la esponsorización de atletas con problemas de movilidad.

Al matador madrileño se le acusa también de exigir unos emolumentos demasiado elevados, lo que dificulta que los empresarios puedan juntarle en un mismo cartel con otros grandes toreros del momento. En un artículo de El País, en 2008, cifraban sus honorarios por tarde en una horquilla de 250.000 a 400.000 euros. Lo cierto es que es famosa su mala relación con Enrique Ponce, seguramente el otro gran torero de la época junto a El Juli, quien ha compartido terna con J.T. en casi 50 ocasiones.


Ante todas estas afirmaciones, El Príncipe de Galapagar sigue como delante de un toro: quieto, callado y sin rectificar. Él no es como los demás: él es misterio dentro y fuera de la plaza. J.T. es el único capaz de agitarlo todo sin moverse, sin levantar los pies del albero o de su casa. ¿Cómo va a ser José Tomás un torero?