domingo, 22 de marzo de 2020
Domingo de marzo
Me levanto y parece un domingo normal. Hay latas por todo el salón, hay vasos a medias y charcos pegajosos en el parqué. Entro a la cocina sin mucha esperanza pero encuentro un par de trozos de una pizza que no recordaba haber pedido. Me la como mirando a la nada en el sofá. Me apetece escuchar algo de guitarra. Lo hago. Me apetece salir a que me dé el sol en la cara. No lo hago. No puedo. Estamos todos acojonados otro día más, sacando la cabeza por la ventana con precaución por si la brisa que nos peina el bigote arrasa nuestro sistema inmune o el de alguien a quien miremos a menos de un metro. O el de los que están a 9.000 kilómetros.
jueves, 30 de enero de 2020
Herencias inconscientes
Este mediodía me he visto envuelto en una cotidianidad difícil de prever hace unos meses. Por cuestiones laborales que no vienen al caso, me he encontrado elucubrando junto a tres desconocidos, en el quincuagésimo piso del edificio de un banco, sobre la fuga en la víspera de un trío de presos. México.
En ese quincuagésimo piso del banco líder del país me han dado de comer como hacía tiempo que no comía. Un menú con su primero, su segundo y su postre de un cátering de primer nivel. Barra libre de bebidas y de café. Quizás no era El Bulli, pero convendremos que tal banquete, digno de boda, mejora la pizza de microondas de 60 pesos que cené ayer.
Todo esto pasaba mientras esperábamos, corbata al cuello, la presentación de unos datos macroeconómicos que no motivaban mucho el espíritu de ninguno de los comensales. Al menos, no tanto como la fuga del contable de un narco y dos compinches. Sobra decir que, como en España y como supongo que en todos sitios, no se metía la cuchara en el plato hasta que el más viejo de la mesa rompiera, impúdico, las hostilidades.
Al final hemos comido y, para sorpresa de nadie, unos señores con trajes caros y mal cortados nos han abrumado con regocijo con unos datos inalcanzables. No sé qué pensará mi frutero callejero sobre el esfuerzo del banco para ampliar su estructura. Supongo que le da igual, porque al ir a por mi melón diario no me ha comentado nada al respecto.
El caso es que, al marcharme de la comida informativa, bajaba por ese ascensor de cincuenta pisos pensando en lo tarde que iba a salir y en la forma que le daría a esos números. Ensimismado como estaba, me he dado cuenta de milagro de que un moco se deslizaba con mucho peligro por mi tabique. Sin pensar, en una acción automática, he echado mano al bolsillo de atrás y he procedido con un pañuelo.
Mientras, diría que con elegancia, solucionaba el asunto, me ha venido una sonrisa a la cara. Ese pañuelo está siempre en ese bolsillo por pura herencia inconsciente de mi abuelo. Ya hago como él: cada vez que como fuera, guardo una servilleta por lo que pueda pasar. El otro día, alguien se rio de mí cuando lo hice. Quizás él, algún día, se tenga que comer los mocos. A mí hoy, en un ascensor de cristal donde veía toda la capital de América Latina, no me pasó gracias a mi abuelo, que imagino que al otro lado del mundo dormía tras ver un rato Telecinco.
En ese quincuagésimo piso del banco líder del país me han dado de comer como hacía tiempo que no comía. Un menú con su primero, su segundo y su postre de un cátering de primer nivel. Barra libre de bebidas y de café. Quizás no era El Bulli, pero convendremos que tal banquete, digno de boda, mejora la pizza de microondas de 60 pesos que cené ayer.
Todo esto pasaba mientras esperábamos, corbata al cuello, la presentación de unos datos macroeconómicos que no motivaban mucho el espíritu de ninguno de los comensales. Al menos, no tanto como la fuga del contable de un narco y dos compinches. Sobra decir que, como en España y como supongo que en todos sitios, no se metía la cuchara en el plato hasta que el más viejo de la mesa rompiera, impúdico, las hostilidades.
Al final hemos comido y, para sorpresa de nadie, unos señores con trajes caros y mal cortados nos han abrumado con regocijo con unos datos inalcanzables. No sé qué pensará mi frutero callejero sobre el esfuerzo del banco para ampliar su estructura. Supongo que le da igual, porque al ir a por mi melón diario no me ha comentado nada al respecto.
El caso es que, al marcharme de la comida informativa, bajaba por ese ascensor de cincuenta pisos pensando en lo tarde que iba a salir y en la forma que le daría a esos números. Ensimismado como estaba, me he dado cuenta de milagro de que un moco se deslizaba con mucho peligro por mi tabique. Sin pensar, en una acción automática, he echado mano al bolsillo de atrás y he procedido con un pañuelo.
Mientras, diría que con elegancia, solucionaba el asunto, me ha venido una sonrisa a la cara. Ese pañuelo está siempre en ese bolsillo por pura herencia inconsciente de mi abuelo. Ya hago como él: cada vez que como fuera, guardo una servilleta por lo que pueda pasar. El otro día, alguien se rio de mí cuando lo hice. Quizás él, algún día, se tenga que comer los mocos. A mí hoy, en un ascensor de cristal donde veía toda la capital de América Latina, no me pasó gracias a mi abuelo, que imagino que al otro lado del mundo dormía tras ver un rato Telecinco.
lunes, 26 de agosto de 2019
Lógicas por debajo de la Cumbre
Ha pasado mucho más rápido el verano que los kilómetros. Vuelvo a casa en autobús, con el cerebro derretido y las piernas sin circulación. Llevo ya más de diez horas de viaje. Atrás dejo el que probablemente sea mi último verano salvaje en Alameda: cada vez me gusta más vivir de día y menos apostar todo a las noches de orquesta, aunque de torear no se quite uno nunca.
Dos enormes puertas verdes custodian los recuerdos de este agosto. Son las del corral de Elena y María, epicentro de buena parte de lo que ocurre en Alameda de Gardón, un pueblo minúsculo pegado a Portugal, al que, como si fuera una especie de Meca terrenal, acudimos los mismos cuando nos dan las vacaciones.
Ninguno de esos peregrinos esperamos de los veranos nada extraordinario. Simplemente nos juntamos en el bar y hablamos con quien haya, sin importar si es un pensionista o un becario como yo. Nos invitamos a rondas donde las cosas valen un euro mientras comentamos cotidianidades. Detrás de todo subyace una conciencia de pertenencia difícil de explicar, una transversalidad que lima toda diferencia durante un mes.
Dani, Tania, Joaquín y Desi son mis amigos. Me hacen gracia las bromas de César. Todos pasan de los treinta. Goyo y Joaquín, ya en los sesenta, se sienten bien conmigo y yo con ellos. Gene, al que pronto le caen setenta y seis palos, me lleva con él a todos los encierros. Lander cumple dieciocho esta semana y estoy ansioso por felicitarle.
Los hijos y los nietos del éxodo rural hemos sacado los dientes en lugares muy distintos de España y de Francia, pero durante los días de convivencia hacemos como que no lo notamos. El aire gallego se lleva los matices de nuestros acentos y no nos los devuelve hasta que no vemos el frontón por el retrovisor.
Al fin y al cabo, lo que procuramos es hacernos la convivencia fácil para mantener Alameda como lugar sagrado para cada uno, porque todos hemos vivido allí momentos memorables, algunos por bellos y otros por bizarros. La otra noche, por ejemplo, vi por primera vez volar un extintor a través de la luna rota de un taxi. De la calle al coche. El contexto da igual: por debajo de la Cumbre las lógicas cambian.
Solo así se explica oír a madrileños diciendo que "fa fresca", a salmantinos quejarse porque "se mancaron" y a catalanes arrastrando las jotas en vez de las eles. Ningún patriotismo se inflama en los bises de las orquestas.
Esa sensación de hermandad corta como un cuchillo la vacuidad que inunda nuestras rutinas. Así lo confirman las voces que se oyen de noche, cuando las estrellas, que allí todavía existen, asoman en una cortinilla que se lleva todos los juicios. Entonces, al borde del amanecer, la parada del autobús acoge más confidencias que pasajeros, si es que alguna vez alguien la ha usado para lo que fue concebida.
Este año, con todo cubierto con un manto de melancolía invisible pero espeso, con el vocablo México flotando por doquier, me duele todavía más irme de Alameda. Han sido veinticinco días intensos, hasta que las obligaciones al otro lado del muro me han obligado a bajar la persiana del pueblo. Mientras, como todos, trago saliva y me miento diciéndome que en nada estaré de vuelta.
En mi caso es mentira. No sé cuándo podré volver a poner un pie en ese filo de España. Solo me quedan dos consuelos: saber que Álvaro ha vuelto para quedarse y que tengo a un puñado de amigos a un mensaje de distancia. Ah, bueno, y que por mucho o poco tiempo que pase, alguien se alegrará de verme apoyar de nuevo el codo en la barra de ese bar. El de Domingo.
Dos enormes puertas verdes custodian los recuerdos de este agosto. Son las del corral de Elena y María, epicentro de buena parte de lo que ocurre en Alameda de Gardón, un pueblo minúsculo pegado a Portugal, al que, como si fuera una especie de Meca terrenal, acudimos los mismos cuando nos dan las vacaciones.
Ninguno de esos peregrinos esperamos de los veranos nada extraordinario. Simplemente nos juntamos en el bar y hablamos con quien haya, sin importar si es un pensionista o un becario como yo. Nos invitamos a rondas donde las cosas valen un euro mientras comentamos cotidianidades. Detrás de todo subyace una conciencia de pertenencia difícil de explicar, una transversalidad que lima toda diferencia durante un mes.
Dani, Tania, Joaquín y Desi son mis amigos. Me hacen gracia las bromas de César. Todos pasan de los treinta. Goyo y Joaquín, ya en los sesenta, se sienten bien conmigo y yo con ellos. Gene, al que pronto le caen setenta y seis palos, me lleva con él a todos los encierros. Lander cumple dieciocho esta semana y estoy ansioso por felicitarle.
Los hijos y los nietos del éxodo rural hemos sacado los dientes en lugares muy distintos de España y de Francia, pero durante los días de convivencia hacemos como que no lo notamos. El aire gallego se lleva los matices de nuestros acentos y no nos los devuelve hasta que no vemos el frontón por el retrovisor.
Al fin y al cabo, lo que procuramos es hacernos la convivencia fácil para mantener Alameda como lugar sagrado para cada uno, porque todos hemos vivido allí momentos memorables, algunos por bellos y otros por bizarros. La otra noche, por ejemplo, vi por primera vez volar un extintor a través de la luna rota de un taxi. De la calle al coche. El contexto da igual: por debajo de la Cumbre las lógicas cambian.
Solo así se explica oír a madrileños diciendo que "fa fresca", a salmantinos quejarse porque "se mancaron" y a catalanes arrastrando las jotas en vez de las eles. Ningún patriotismo se inflama en los bises de las orquestas.
Esa sensación de hermandad corta como un cuchillo la vacuidad que inunda nuestras rutinas. Así lo confirman las voces que se oyen de noche, cuando las estrellas, que allí todavía existen, asoman en una cortinilla que se lleva todos los juicios. Entonces, al borde del amanecer, la parada del autobús acoge más confidencias que pasajeros, si es que alguna vez alguien la ha usado para lo que fue concebida.
Este año, con todo cubierto con un manto de melancolía invisible pero espeso, con el vocablo México flotando por doquier, me duele todavía más irme de Alameda. Han sido veinticinco días intensos, hasta que las obligaciones al otro lado del muro me han obligado a bajar la persiana del pueblo. Mientras, como todos, trago saliva y me miento diciéndome que en nada estaré de vuelta.
En mi caso es mentira. No sé cuándo podré volver a poner un pie en ese filo de España. Solo me quedan dos consuelos: saber que Álvaro ha vuelto para quedarse y que tengo a un puñado de amigos a un mensaje de distancia. Ah, bueno, y que por mucho o poco tiempo que pase, alguien se alegrará de verme apoyar de nuevo el codo en la barra de ese bar. El de Domingo.
sábado, 4 de mayo de 2019
La primavera
Cuando enfilas despreocupado una calle cuyas baldosas has
pisado miles de veces, y el sol se cuela entre los árboles y los balcones para
acariciarte las sienes. Cuando levitas con decisión pero sin rumbo
y la brisa mece con armonía los vuelos de tu chaqueta. Cuando la camisa te cae sin arrugas desde los
hombros hasta los zapatos y sientes elegante el golpear de tus suelas contra el pavimento. Cuando los escaparates te devuelven el reflejo de
una sonrisa involuntaria. Cuando andas con paso armonioso y te saludan con la
mano desde la otra acera ,y mientras desvías la mirada, un rayo de luz clara te
descubre a las primeras chicas con tirantes.
Es entonces, y solo entonces, cuando entiendes que la
primavera ha vuelto.
miércoles, 5 de diciembre de 2018
Carta a Juan Carlos
Resulta que los motoristas muertos en puntos quilométricos irrelevantes de la autopista tienen nombre. El que se ha dejado la vida esta mañana a la altura de Cervelló se llamaba Juan Carlos y durante años fue mi profesor. Iba de camino a dar clase, como tantas mañanas me la dio a mí, y su muerte dejará huérfanos de un referente no sólo a sus alumnos de hoy, sino a futuras generaciones de adolescentes desorientados.
Escribo esta carta a Juan Carlos demasiado pronto, porque yo tenía pensado hacerlo dentro de unos años. Él fue el responsable, y ha muerto sin saberlo, de mi amor por la literatura y, supongo, de que en última instancia me dedique a escribir. Quería yo decírselo en una carta el día en que me pasara algo realmente importante dentro de esta profesión; al firmar un buen contrato, al recibir un premio, al presentar un libro o qué sé yo. Sólo pretendía hacer un guiño adaptado a mis circunstancias a Albert Camus, quien, tras recoger el Nobel, mandó una misiva al profesor que le hizo enamorarse de los libros.
De Juan Carlos aprendí que el oficio de escribir y el de leer exigen esfuerzo. Me lo hizo entender de muchas maneras, aunque yo lo asimilé sobre todo gracias a las redacciones que nos mandaba hacer. Recuerdo la impotencia de acumular textos y textos puntuados a la baja. Ese sentimiento me llevaba a maldecirle primero y a esforzarme después en cada redacción como si fuera la última, con la esperanza de llegar a ver algún día un excelente escrito en tinta roja.
Una mañana de entrega tenía yo dos dedos rotos de la mano diestra y, al no poder escribir a mano, llevé mi redacción imprimida, algo prohibido en sus asignaturas. La rompió en cuanto se la di. Antes de que pudiera justificarme enseñándole el estropicio de mi mano, me preguntó, sin levantar la vista de su cuaderno de notas, si alguien me había dado permiso para entregarle ese impreso. No me dejó responder: me cortó explicando su reacción. El problema, dadas las circunstancias, no era el soporte, sino la poca adecuación del texto al espacio. Tenía las 300 palabras en medio folio. Repártame esos párrafos por toda la cara y entréguemela de nuevo mañana, me concedió.
Así lo hice. Esa redacción fue mi primer y, creo, mi último diez con Juan Carlos. Tuve que reescribirla de memoria por la noche, porque ni siquiera tenía el documento guardado en el ordenador. El detalle de adecuar el texto al espacio, que pudiera parecer entonces una nimiedad, ha sido algo importantísimo a la postre en mi vida, ya que me tengo que adaptar continuamente a las maquetas de los medios donde estoy. Como esta anécdota hubo muchas y ninguna menos útil.
También me invitó Juan Carlos a la lectura, gracias a una de sus virtudes: su profundidad, la existencia en él de un elaborado mundo interior, trascendía al exterior sin que tuviera que esforzarse. Yo quería ser como él y sólo veía un atajo para conseguirlo: leer lo mismo. Por eso descubrí a Lorca tan joven, porque cuando Juan Carlos nos lo recitaba se le iluminaban los ojos, como si descubriera un nuevo horizonte delante de nosotros.
Quería decirle todo esto a Juan Carlos cuando le llegara su tiempo amarillo, como una vez llamó Machado a la vejez y como Fernán Gómez -el profesor de todos en 'La lengua de las mariposas'- tituló sus memorias. He llegado tarde. Al menos me queda el consuelo de saber que Juan Carlos sí llegó a muchos niños en el momento oportuno: cuando tenían que hacerse adultos.
Escribo esta carta a Juan Carlos demasiado pronto, porque yo tenía pensado hacerlo dentro de unos años. Él fue el responsable, y ha muerto sin saberlo, de mi amor por la literatura y, supongo, de que en última instancia me dedique a escribir. Quería yo decírselo en una carta el día en que me pasara algo realmente importante dentro de esta profesión; al firmar un buen contrato, al recibir un premio, al presentar un libro o qué sé yo. Sólo pretendía hacer un guiño adaptado a mis circunstancias a Albert Camus, quien, tras recoger el Nobel, mandó una misiva al profesor que le hizo enamorarse de los libros.
De Juan Carlos aprendí que el oficio de escribir y el de leer exigen esfuerzo. Me lo hizo entender de muchas maneras, aunque yo lo asimilé sobre todo gracias a las redacciones que nos mandaba hacer. Recuerdo la impotencia de acumular textos y textos puntuados a la baja. Ese sentimiento me llevaba a maldecirle primero y a esforzarme después en cada redacción como si fuera la última, con la esperanza de llegar a ver algún día un excelente escrito en tinta roja.
Una mañana de entrega tenía yo dos dedos rotos de la mano diestra y, al no poder escribir a mano, llevé mi redacción imprimida, algo prohibido en sus asignaturas. La rompió en cuanto se la di. Antes de que pudiera justificarme enseñándole el estropicio de mi mano, me preguntó, sin levantar la vista de su cuaderno de notas, si alguien me había dado permiso para entregarle ese impreso. No me dejó responder: me cortó explicando su reacción. El problema, dadas las circunstancias, no era el soporte, sino la poca adecuación del texto al espacio. Tenía las 300 palabras en medio folio. Repártame esos párrafos por toda la cara y entréguemela de nuevo mañana, me concedió.
Así lo hice. Esa redacción fue mi primer y, creo, mi último diez con Juan Carlos. Tuve que reescribirla de memoria por la noche, porque ni siquiera tenía el documento guardado en el ordenador. El detalle de adecuar el texto al espacio, que pudiera parecer entonces una nimiedad, ha sido algo importantísimo a la postre en mi vida, ya que me tengo que adaptar continuamente a las maquetas de los medios donde estoy. Como esta anécdota hubo muchas y ninguna menos útil.
También me invitó Juan Carlos a la lectura, gracias a una de sus virtudes: su profundidad, la existencia en él de un elaborado mundo interior, trascendía al exterior sin que tuviera que esforzarse. Yo quería ser como él y sólo veía un atajo para conseguirlo: leer lo mismo. Por eso descubrí a Lorca tan joven, porque cuando Juan Carlos nos lo recitaba se le iluminaban los ojos, como si descubriera un nuevo horizonte delante de nosotros.
Quería decirle todo esto a Juan Carlos cuando le llegara su tiempo amarillo, como una vez llamó Machado a la vejez y como Fernán Gómez -el profesor de todos en 'La lengua de las mariposas'- tituló sus memorias. He llegado tarde. Al menos me queda el consuelo de saber que Juan Carlos sí llegó a muchos niños en el momento oportuno: cuando tenían que hacerse adultos.
lunes, 10 de septiembre de 2018
Rutinas sustituidas
Ver a mi alrededor a estudiantes haciendo las maletas para
irse de Erasmus me retrotrae un año en el tiempo. Se me hace inevitable
recordar esos días previos a coger el avión, cargado de ganas pero sobre todo
de miedo.
La última semana antes de marchare la viví con un cosquilleo
fastidioso. Sentía auténtico pavor al tener que cambiar una realidad cómoda por
una totalmente desconocida. Para muestra, un párrafo que escribí a un día de
partir: “Hoy paseaba por la calle Laureà Miró y solo podía pensar en lo conocido
que era todo para mí. He pisado muchas veces las baldosas que hoy pisaba. Podía
saber por el sol lo cerca que está la muerte del verano. Los rótulos de los
comercios se me pegaban al cogote cuando los dejaba atrás, como si de algún
modo formaran ya parte de mí. Un escalofrío me ha recorrido de arriba abajo
justo antes de poner pie en otra calle. Qué contraste iba a vivir en 24 horas:
hoy paseaba por mi ciudad como por el pasillo de casa a la misma hora en la que
mañana buscaré unas sábanas en un supermercado que todavía no sé que existe”.
| Room 3, Flat 7: lo más parecido que he tenido nunca a una casa propia. |
Si hace un año hubiera sabido lo que sé hoy, ese hubiera
sido el menor de mis problemas. El supermercado existía. Al Miquel que estaba
haciendo la maleta le hubiera dicho lo que todavía nadie: que la verdadera
dificultad aparece al volver, al poner de nuevo un pie en tu barrio y sentir
que todo está como lo dejaste, excepto tú. Le hubiera explicado que la vida de
adulto que se había forjado en Birmingham aquí no le iba a servir para nada,
porque su habitación de niño y sus rutinas de adolescente le esperaban como una
espada de Damocles.
domingo, 5 de agosto de 2018
Cuaderno de campo: un encierro a caballo a finca abierta
Un sol de justicia bañaba ayer el amarillento campo ibérico, inundado en este tiempo de rastrojo. Era sábado de encierro en el lado portugués de la frontera. Hacia la finca de inicio del encierro andaban camionetas de maletero abierto cargadas hasta los topes: las carrinhas, como así las llaman, transportan desde el pueblo hasta el lugar de suelta de las reses a cuantos encuentran en el camino. Entre la hilera de coches se abrían paso grupos de jinetes con la garrocha al hombro y la felicidad desbordando sus rostros.
Aunque los toros todavía estaban enchiquerados, en las carrinhas empezó el encierro. Esos maleteros son lugar de tertulia durante los 20 ó 30 minutos de trayecto. Allí arriba, haciendo equilibrio entre baches, siempre se encuentra algún conocido y alguien por conocer. Se habla de todo con ellos: del desayuno, de anécdotas, de toros, de caballos y de cotidianidades. Ayer, Fabián, con una gorra de una casa de piensos, nos allanó el camino rememorando los tiempos de mi padre en el pueblo antes de emigrar.
Al llegar a la finca sentí de lleno el aura adictiva del campo. Hectáreas y hectáreas en las que parece imposible que algo pase; el sol vomitando su fuerza sobre los tallos secos del trigo segado y nunca nada más. Sin embargo, no se puede dejar de sentir ni un solo instante que esa paz, irremediablemente, va a saltar por los aires de un momento a otro. Algún caballo tiene que rebrincarse, algún toro se va a escapar antes de la hora. Mientras todos cavilábamos eso, comíamos embutido en cuadrilla y hablábamos de otras cosas, pretendiendo que podíamos pensar en algo que no fuera un toro al galope corriendo fiero detrás de cualquier caballo.
Los toros salieron por fin en cuanto dieron las once portuguesas. No vimos más que dos carreras: los cinco animales escaparon del ingenio de los jinetes y hubo que ir a buscarlos a distintos pueblos. A unos los cogieron en Portugal y a otros en España. Pero eso lo supimos a las dos de la tarde, cuando ya cansados de tragar sol en la finca perdimos definitivamente la esperanza de ver ningún otro derrote de los cárdenos esfumados y bajamos de nuevo al pueblo. Vimos dos minutos de toros, pero los sentimos durante cinco horas de campo y caballos.
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